Nuevos vientos en América Latina
Los vientos están cambiando en América Latina y muestran cómo EEUU y los organismos multinacionales que tratan de consolidar una política económica de una sola vía están perdiendo su influencia a nivel global y prácticamente hegemónica en Latinoamérica.
Es evidente que lo que menos esperaban el Fondo Monetario Internacional y otros organismos financieros mundiales finalmente y a su pesar, se produjo. La Argentina y Brasil, mancomunados por primera vez en la historia, presentarán dentro de sesenta días un plan conjunto sobre la deuda externa.
Lula invitará al presidente del FMI el fin de semana próximo para enterarlo de la triste noticia que los acreedores y los «fondos buitres» recibirán, seguramente, con muy mal humor.
Hace algunos años se habló de un ‘club de deudores’ pero las presiones imperialistas y de sus voceros locales –en Uruguay tenemos un largo historial de discursos impacientes que rechazaron la idea– impidieron el surgimiento de esa herramienta de lucha de las naciones de la periferia. Ahora, Brasil y Argentina lo harán. El 10 de abril se reunirán en San Pablo representantes de los ministerios de Economía para bosquejar el plan fatídico para los usureros internacionales.
Seguramente los presidentes Kirchner y Lula tuvieron en cuenta aquella máxima estampada indeleblemente por José Hernández en el Martín Fierro, de que «los hermanos sean unidos, pues esa es la ley primera, tengan unión verdadera en cualquier tiempo que sea, porque si entre ellos pelean, los devoran los de afuera».
Además en el marco de la reunión del Grupo de los 15 que tuvo lugar en Caracas, hubo otro acuerdo histórico, sumándose a la posición conjunta de Argentina y Brasil, Venezuela, que atañe directamente a la unidad latinoamericana y, especialmente, al futuro del Mercosur. Según la información de las agencias de noticias, los presidentes de los tres países acordaron vínculos comunes para con la Unión Europea y el Pacto Andino, extremo político y económico que se estaba reclamando para un fluido funcionamiento del acuerdo regional y que, seguramente, de prosperar algunos presupuestos, le dará al propio Mercosur un impulso comercial imposible de medir de antemano.
Sin duda este era un paso necesario que sumado a la postura común de los países mayores del continente, abre perspectivas nuevas para un continente que para los distintos gobiernos norteamericanos, era nada más que el «patio trasero» de ese país, en el cual las políticas que se aplicaban no tomaban en cuenta su desarrollo sino que insistían en succionar la riqueza, por medio de la aplicación de aplastantes recetas impuestas por los llamados organismos multinacionales de crédito.
Los datos de la realidad social de los países latinoamericanos así lo prueba. No en vano el 50 por ciento de la población argentina, una de las naciones potencialmente más ricas del mundo, se encuentra por debajo de la línea de la pobreza. En Uruguay el panorama es menos espectacular, ya que se calcula que quienes sufren la indigencia, la carencia de un trabajo formal y estable, que no tienen ingresos suficientes para alimentarse, que viven en zonas marginadas y en viviendas precarias, están entre las 700 y 800 mil personas. A esa dramática situación le debemos sumar la continua sangría que significa la emigración calculada, en el último período, en unas 100 mil personas que debieron irse de un país que no les ofrecía las mínimas posibilidades para un desarrollo humano básico.
Veremos qué ocurre en un continente que, luego de los acuerdos de Caracas, parece haberse puesto los pantalones largos, convirtiendo las negociaciones en solitario que se llevaban adelante, en acuerdos mancomunados y en políticas conjuntas.
El frente común para negociar la deuda era un imperativo racional y soberano. Es evidente, en América Latina han comenzado a soplar nuevos vientos. *
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