Alberto Caymaris, por siempre
Ayer hizo un año que Alberto Caymaris dejara este mundo y hoy hace un año, que sus seres queridos –familiares y compañeros de toda su vida–, esparciéramos sus cenizas, con la esperanza de que germinaran, para seguir dándonos hombres de su talla, que tanto necesitamos y necesitaremos.
Los últimos años los vivió impulsando su obra postrera, levantar, impulsar y mantener la Casa de la Cultura y Amistad Uruguay-Cuba.
Y por cierto, no todas fueron flores en ese trajín.
La de Alberto fue una vida de militancia permanente, de honesta entrega a todos los quehaceres a los que tuvo que enfrentarse.
Su andar manso y pausado; su mirada que siempre parecía distinguir lontananzas que no todos perciben; su decir tranquilo, rico y reflexivo, nos enmarcan su recuerdo.
Hoy, este año, cuando parecen alumbrar las luces de un futuro distinto por el que soñó y luchó, su presencia habría sido invalorable.
Era de esos hombres, que luego del hacer de los tiempos mejores, conforman la reserva inapreciable donde acudir en tiempos de tormentas, brindándonos sensatez para enfrentar las acechanzas que nos aguardan en cada atajo o recodo del camino.
Militó siempre, del lado de las causas nobles.
Ejerció el derecho, desde su bufete o desde el despacho del juez, con las mismas coordenadas, hacer del derecho el instrumento de la justicia. Siempre.
No hizo alardes pero le sobró probidad.
Mesurado, supo desmesurarse ante los atropellos a los que nos tienen acostumbrados los amos del mundo y de los hombres.
Denunció, con prolijidad, los desbordes, atentados, iniquidades y crímenes del imperio en América Latina.
Hoy cuando el imperio unipolar, y sus miserables acólitos, han salido por el mundo a incendiarlo todo, los pronósticos y las profecías de Alberto están probadas harto fehacientemente.
Hace un año lo despedíamos dolidos y entristecidos.
Hoy fijemos y honremos su recuerdo, en estas páginas que fueran siempre tan cálidamente suyas. *
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