Infundados y absurdos emplazamientos

Examinando la prensa nacional en sus variadas manifestaciones, se comprueba que los profetas del neoliberalismo preparan su estrategia electoral recurriendo al modelo de la inquisición, que desatará la envidia de los perimidos tribunales eclesiásticos. Porque resulta patético, paradojal y sorprendente, que quienes son responsables directos, solidarios e indivisibles de la crisis social y económica que padece la República, se presenten ante la ciudadanía en calidad de fiscales, trasladando las culpas a la oposición.

Recuérdese que en los comicios de 1999, las fuerzas políticas que luego conformaron el gobierno de coalición, elaboraron un programa que supuestamente contenía soluciones y respuestas a las inquietudes y reivindicaciones populares que se agitaban en aquellos momentos. Y como lo denuncian los datos de la realidad, las promesas atractivas y demagógicas formuladas –que determinaron que la inmensa mayoría de los blancos votara al doctor Jorge Batlle– se frustraron en un feroz incumplimiento, sin que ninguno de los actores se haya molestado hasta la fecha, en analizar las causas del fracaso.

Se presume que ese obstinado silencio responda a la imposibilidad de explicarle a la gente que en la cohabitación electoral se inscribía el acuerdo de ocultar deliberadamente cifras y situaciones que ya en 1999 comprometían seriamente los intereses del país. De manera que ese deplorable comportamiento –legitimado para no poner en riesgo el resultado del «balotaje»– impidió que la ciudadanía tomase conocimiento del tremendo déficit fiscal que dejaba la administración de Julio M. Sanguinetti, como igualmente del diabólico atraso cambiario, que se inicia bajo la presidencia del doctor Luis A. Lacalle. En este contexto, es lógico que quienes vienen compartiendo el poder desde el 1.3.1985, sientan una enorme preocupación, ante la firme posibilidad de perderlo, lo que obliga a explorar nuevas metodologías, para mantener el usufructo de la Administración Pública. Y en esa dirección, apelan al novedoso truco de invertir los papeles, exigiéndole a la oposición la presentación de soluciones, que ellos como gobernantes han sido incapaces de encontrar.

Adviértase que en lugar de admitir la necesidad de modificar las políticas de Estado, generadoras del actual colapso, se están perfeccionando en elaborar ultimátum a la dirigencia de la Nueva Mayoría, porque en concepto de estos señores, que se sienten propietarios de la Nación, esa fuerza política carece de programa para conducir los asuntos públicos. Y en el afán de desacreditar a la primera figura de ese conglomerado cívico, no han vacilado en utilizar infundios y diatribas, con una dosis de insolencia que rebasa todos los límites en que se inscriben la ética y el debate civilizado.

Felizmente el pueblo ha tomado conciencia de que ni el doctor Tabaré Vázquez, ni la dirigencia que lo apoya, pueden ingresar al sucio juego que pretenden los culpables del endeudamiento que estrangula al Uruguay, porque ello implicaría trasladar la discusión a áreas irrelevantes, cuando lo que importa es evitar que el 50 por ciento de nuestros niños no sigan naciendo bajo la línea de pobreza. Y en lo que se refiere a los emplazamientos, la fuerza política que lucha por darle otro rostro a nuestro país, no debe colocarse en la posición defensiva o demandada como ocurrió en las últimas elecciones en relación al impuesto a la renta, sino denunciar la ineficiencia e ineptitud de un régimen que ha permitido que un millón de compatriotas no tengan trabajo estable, que 140 jóvenes emigren diariamente, que la campaña se siga despoblando, que la tierra se extranjerice, que la salud sea un caos o que crezcan los cantegriles.

Como advertirá el lector, los responsables de la crisis no tienen otra alternativa que desviar la atención del pueblo con denuncias, agravios y otras estratagemas, a efectos de que las causas de aquella no formen parte de la controversia electoral. Pero la voluntad popular es inequívoca, cuando en la calle denuncia el firme propósito de desenmascarar puntuales barbaridades, desmontar el engaño que se ha construido, y deshacer las argucias que tanto daño le han provocado a la República. *

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