El rostro visible de la miseria

Más que las cifras contundentes e inapelabes que los institutos de estadística divulgan periódicamente, el deterioro de la calidad de vida de los uruguayos –que es como decir el descalabro del país– se muestra con especial elocuencia en ciertos hechos que merecen la atención de los medios de prensa.

Son episodios que emergen cada tanto como para ofrecer el lado concreto de la abstracción inevitable de las cifras; en ellos toma cuerpo con dramático realismo lo que indican los porcentajes asépticos. Son el rostro visible de la miseria.

Nunca antes en nuestro país se había llegado a extremos de pobreza tan sublevantes como los que hoy nos conmueven un día sí y otro también. No había desnutrición infantil, no había uruguayos que comieran de la basura y podía afirmarse que nadie se moría de hambre, a diferencia del panorama oprobioso que ofrecía el resto de América Latina.

Sin embargo, en los últimos años fue posible asistir a situaciones límite que denotan el grado de miseria a que se ha condenado a buena parte de la población.

Nos enteramos, por ejemplo, de que hay niños uruguayos que se alimentaban de pasto en un país esencialmente agrario y productor de alimentos; una siniestra paradoja. También se divulgó por la prensa la existencia de casos de niños desnutridos, casos que saltaron a luz en razón de que esos niños habían sido llevados a algún centro asistencial público; es de suponer que habrá otros de los que no nos enteramos.

Con ser hondamente conmovedores, estos hechos –la desnutrición y la ingesta de pasto– no revisten, empero, el patetismo de otros más recientes. El mes pasado, la televisión difundió imágenes sobrecogedoras registradas en Maldonado. Una tienda de comestibles había depositado en una volqueta unos cuantos productos por haber llegado a su vencimiento; e inmediatamente, como un enjambre hambriento, varias decenas de indigentes se disputaban los alimentos desechados, en una escena digna de un documental sobre regiones de hambruna.

Más recientemente, el incendio de un frigorífico en Durazno ocasionó una situación similar. Tratando de satisfacer un hambre ya vieja –especialmente por estos tiempos de auge de exportaciones y de suba de precios– vecinos de los barrios pobres de la ciudad no dudaron en concurrir a la planta para llevarse algo de carne chamuscada y ya en estado de descomposición. Que haya uruguayos dispuestos a consumir carne podrida y a medio quemar habla a las claras de la degradación a que hemos llegado, especialmente en tiempos en que el precio de la carne se ha vuelto inabordable para la mayoría de la población.

Antes, cuando se producía un incremento de la demanda externa de carne, el gobierno procedía a decretar una veda interna como forma de reservar la producción para los embarques pactados. Era una medida antipopular pero era una solución más pareja. Hoy, el gobierno ha optado por una solución más acorde con el espíritu neoliberal: dejar librado el precio de la carne a la ley de oferta y demanda, con lo cual el mercado interno no se ve desabastecido pero tampoco significa un riesgo para el stock destinado a las exportaciones. Claro que a las autoridades no les quita el sueño que ese stock se preserve a costa de que los uruguayos renuncien a consumir carne por no poder pagarla. *

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