Eva de los Milagros
Escribe Juan Pedro Ribas
Paso a contar otra historia de seres humanos. Allá en Casavalle, en el fondo, donde llegan algunos vehículos, pero más que nada carritos y caballos chapoteando en el barro con sus grandes zapatones, evangeliza una hermana religiosa a quien llamo Eva de los Milagros.
Del milagro de fabricar más de 60.000 bloques, levantar más de 20 casitas, dar de comer al frente de una olla: sopa, arroz y pollo, a más de 100 caritas sucias, moquientos, descalzos, rotosos; de tomar cinco críos bajo el ala, el mayor de 7 años, echados de la casa de sus padres y darles calor como la gallina, sola. Apoyándose como pueda en los vecinos, en el que se acerque. Y por ahí el diablo le hace una mala pasada y algún «taita» que se ofreció como voluntario, le sale reclamando en el Ministerio de Trabajo y pum, pague; y la autoridad habla de reglamentos fríos, de jornales, con la seriedad de estar atrás de un escritorio, lejos del vía crucis del dolor de la calle.
Y las autoridades religiosas, donde también se siente la recesión, pueden disgustarse, amonestar a Eva y cerrar el centro.
Y yo digo, perdóneme si es coqueta Eva, pero esa mujer sola, de más de 60 años, ¿si no se deja crucificar a veces por los Judas que se ofrecen de voluntarios y luego reclaman, cómo lleva adelante, en tierra difícil, el día a día? Si no está ella ¿quién le responde a Dios por esos inocentes? ¿Cómo le explicamos eso a nuestra conciencia? ¿Quién les va a cambiar amor por la droga o por el cuchillo que mañana te corte la panza, señorona?
Porque no lo dudes, que alguno de ellos que sobreviva con frío, sin padres, con hambre, sin Dios, será mañana el premio a nuestra indiferencia.
Demostrame, Dios, a mí, que soy ateo y no religioso, que vas a velar por Eva de los Milagros, y que vas a susurrarles a los grandes mandos de nuestra sociedad que tengan piedad por ella, no un monumento, ni un homenaje, ni una calle humilde del Borro; sólo dejarla trabajar, con honor y dignidad, sin más rezongos que los cariñosos, para que la fe se pasee con ella y sus gurises embarrados entre los caballos, los carritos y la basura de Casavalle.
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