La oposición se opone
Más de una vez, en el curso de las últimas semanas, voceros de la coalición de gobierno y el propio Presidente de la República se han agraviado de la oposición que, en distintos escenarios, demuestran las fuerzas progresistas.
Se sostiene, desde las filas del oficialismo, que la actitud de la oposición es, palabra más palabra menos, puramente negativista, que la izquierda no posee propuestas propias y que todo esto demuestra que carece de cultura de gobierno.
En realidad, los hechos no son así. Por un lado, en su oposición a distintos artículos de la Ley de Urgencia, los legisladores de la bancada progresista presentaron sus propias propuestas alternativas, que en muchos casos ni siquiera fueron discutidas, dado el ritmo inconvenientemente acelerado que se eligió para legislar.
Es bien cierto que desde el punto de vista de la coalición de gobierno, que sustenta con unanimidad los idénticos criterios de política económica, las enmiendas o aditivos propuestos por la oposición no resultan aceptables.
Es lógico que así sea pues lo que existe es un antagonismo sustancial en materia de sensibilidad y acción de gobierno en el terreno de las orientaciones socioeconómicas.
Del mismo modo, no parecen atinadas las propuestas del doctor Jorge Batlle en cuanto a la conveniencia que la central de trabajadores incorpore, a la plataforma con la que fue convocado el último paro, demandas hacia los gobiernos de otros estados que asumen políticas restrictivas con relación a la importación de productos uruguayos.
Son de sobra conocidas las críticas de la izquierda a los enormes perjuicios que, a las economías más débiles, impone la globalización del capitalismo salvaje.
Son las tendencias prevalecientes en la economía mundial, ante las cuales los neoliberales uruguayos se prosternan con unción y arrobo, las que consagran el proteccionismo de los grandes, incluyendo no sólo a Europa, como dice el doctor Jorge Batlle, sino también a los Estados Unidos, y a la vez, imponen –a través de los organismos internacionales que controlan– la apertura irrestricta de las economías de los países más débiles.
Levantando una alternativa clara y distinta, la oposición progresista cumple del mejor modo su papel en una sociedad democrática en la que existe el conflicto que nace de la oposición de intereses sociales y económicos.
La inmutabilidad de las orientaciones del gobierno en materia de orientación del gasto público y de la inversión, en la unilateralidad economicista de sus preocupaciones, justifica ampliamente que las fuerzas progresistas, tanto en el campo legislativo como político más general, mantengan una línea activamente opositora.
La existencia de algunos puntos de coincidencia en el terreno –importantísimo– de la búsqueda de los desaparecidos y la disposición del Presidente para un relacionamiento más civilizado con los dirigentes políticos de la oposición, no atenúa las divergencias medulares que polarizan al gobierno y la oposición.
Las dificultades por la que atraviesa el modelo en la región, el agravamiento de la protesta social en Argentina, muestran los límites infranqueables que tiene la propuesta neoliberal.
Se tiene la creciente sensación que nada de lo que le ocurra a la sociedad puede conmover a los ejecutores de la «panacea» neoliberal.
Se tiene cada vez más la impresión que la tasa de desocupación podría seguir aumentando indefinidamente y la marginalidad, y la pobreza y la desesperación seguir agravándose y, no obstante, en ningún momento habrá sonado para el gobierno la hora de encarar la emergencia social, de poner freno al proceso de disolución y disgregación de la sociedad trabajadora, urbana y rural, que afecta al país.
Así trazados los rumbos, nada más comprensible que las fuerzas progresistas se opongan, critiquen y luchen por cambiar este modelo.
Es también una forma de contribuir a la profundización del debate y al ejercicio de la democracia.
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