Un testimonio doloroso
En la sección Tiene la Palabra (correo del lector) de nuestra edición de ayer, se publica una carta que resume con elocuencia la caída vertiginosa de la calidad de vida de la clase media uruguaya.
Una clase media pujante, consumidora y amortiguadora de tensiones sociales, que daba al país características del mundo desarrollado. Asalariados, profesionales, pequeños empresarios, conformaban un entramado social sólido y gozaban de una calidad de vida que poco a poco fue perdiéndose a medida que el modelo nefasto fue empobreciendo a la población en la medida que generó concentración de la riqueza y exclusión social.
La misiva aborda esta realidad de deterioro por medio de la peripecia personal de su autora. Al leerla, se advierte cómo esa uruguaya –que anuncia su decisión de emigrar, agotada de remar contra la corriente– vio degradarse poco a poco su calidad de vida; cómo se redujo su acceso a un consumo medianamente decoroso.
Desde la transformación del barrio (casas enrejadas y vecinos temerosos por la inseguridad que en él se vive) hasta los cambios obligados en la alimentación (mayor consumo de calorías en detrimento del aporte vitamínico), el testimonio de esta compatriota resulta de un valor casi pedagógico de a qué grado de deterioro conduce un modelo de crecimiento esencialmente injusto.
También aparece allí la caída de la calidad de la enseñanza pública y el dolor de comprobar que el mismo país que nos permitió formarnos y educarnos no es capaz de ofrecer a nuestros hijos posibilidades similares.
La peripecia vital de Gabriella (así firma la lectora) no es, por desgracia, una excepción. La degradación de su calidad de vida no se debe a una circunstancia personal, o a la «mala suerte». Es la experiencia de miles y miles de uruguayos que se han enfrentado a la opción de aceptar ese deterioro y terminar viviendo en un cantegril o emigrar en busca de lo que la patria les niega.
En definitiva, una realidad conmovedora y sublevante. *
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