La hora de la izquierda

Se sostiene y con razón que la política a nivel mundial y continental tiene variaciones cíclicas. En nuestra América el período conservador o ultraderechista en cambio, ha durado muchas décadas con algunas excepciones de nacionalismos populistas y progresistas esporádicos. Sin duda ese mantenimiento o retoque de signos ultraconservadores ha sido y es programado, respaldado y mantenido por los imperios europeos primero y yanqui después. Los levantamientos esporádicos referidos de izquierda nacional fueron en sus orígenes el justicialismo argentino, el getulismo brasileño, el aprismo inicial peruano deformado y prostituido posteriormente como el peruanismo de Velazco Alvarado años después, el sandinismo, la actual revelación bolivariana de Chávez como el movimiento zapatista del comandante Marcos en México y hasta con reparos ideológicos sustanciales, no se puede dejar fuera a Cuba que, aunque discrepando con sus enfoques marxófilos notorios, es un ítem emblemático contra el imperio, entre otros. En la hora actual con los ejemplos ya expuestos de izquierda nacional, tiende a estabilizarse la opinión política y pública a lo largo del continente. Hay excepciones claro está, donde nos duelen prendas. Uruguay y el gobierno de Uribe colombiano aislados, son los más «jugados» y definidos a favor de los imperialismos y particularmente del yanki. Más papistas que el Papa.

Con todo, tenemos una manifiesta ventaja. Estamos en año electoral y por ende con posibilidades de cambios reales. El pueblo oriental no escapa a ese sentimiento de cansancio que en el transcurso del tiempo ganó conciencia de su explotación por capitalistas y políticos corruptos vernáculas vendidos a intereses imperiales. Nótese que las fracciones y partidos que aparentemente se disputarían el triunfo electoral se consolidan en el Frente y Alianza Nacional.

O sea, entre Vázquez y Larrañaga, según unanimidad de encuestas. Salvo algún fenómeno impredecible que por cierto no se avizora, son los partidos y sectores de cambio. El Partido Colorado, anquilosado en viejas figuras gastadas y costumbres inveteradas de asociaciones con imperios, está en franco «default». Son siempre los mismos y pensando lo mismo. Al lacallismo le pasa igual. No se pueden sacudir al igual que los sectores y candidatos jugados e impulsados subliminalmente por el diario «caganchero» que hasta ministros del batllismo han sido (¿calepinos?) con sus costumbres coalicionistas y responsabilidades que les dieron esas carteras ministeriales en la política económica del actual gobierno.

La preferencia popular y directriz sana y discrepante con la situación actual, se inclina sin dudas por un cambio no sólo económico, sino social, internacional, agropecuario, industrial y comercial, apostando a nacionalismos progresistas que nos identifiquen con movimientos revolucionarios de cambio que han comenzado en el norte venezolano y hoy están llegando con Lula y Kirchner al sur continental entre otros.

Tanto Vázquez como Larrañaga, con las diferencias puntuales obvias del caso, tienen una renovación identificable con esas corrientes. Las plataformas gubernamentales respectivas están en elaboración inmediata. Matices y diferencias sustanciales existen como es obvio. Pero de ninguna manera como las que se pueden tener con los colorados y hasta con el lacallismo. Caras, conductas, e ideas nuevas que gane quien gane, dentro de las afinidades populares nacionalistas y de avanzada ideológica deberán por el bien de la patria y el bienestar futuro del pueblo y no de las oligarquías conocidas, llegar a naturales apoyaturas en un gobierno progresista futuro. La hora de sacudirse a las fuerzas retardatarias de un progresismo nacional llega aceleradamente. Las encuestas «cantan». Es el momento de dar esperanzas reales al hombre de «entradas fijas» que corre el presupuesto de «atrás». El peón, el obrero, el laburante, el pequeño industrial y comerciante ahogado por el supermercadismo y capitalismo internacional apátrida y abusivo. O sea, el pueblo al que incluso le imponen impuestos a sus miserables sueldos sin tocar por cierto las ganancias monstruosas de las oligarquías.

Larrañaga me consta que está en esa línea y doy por obvio que Vázquez también.

Los blancos y nacionalistas progresistas nos jugamos por el «gaucho» y los frentistas por el «taba».

Pero sin las diferencias éticas ni tan sustanciales en lo político como tiene la mayoría del pueblo con los colorados y sus coaliciones en que han fundido a la Nación con sus políticas neoliberales. *

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