Desprecio por el medio ambiente
La militancia ecologista y la defensa del medio ambiente desembarcaron en nuestro país hace ya algún tiempo, como onda expansiva de un movimiento que en el primer mundo tenía muchos años de existencia.
En un principio, el movimiento ecologista aparecía casi exclusivamente como la preocupación de algunos individuos por que no se mataran animales y por que no se arrojaran envoltorios de golosinas en la vía pública. No obstante, ese falso estereotipo fue cediendo lugar para que aflorara la real significación de la defensa del «oikós» –la casa, el planeta– frente al peligro a que está sometido por la irresponsabilidad humana. En aras del crecimiento, del desarrollo económico, de la prosperidad, estimulados por las doctrinas positivistas y por el dios Progreso, los hombres habían minimizado o sencillamente despreciado la ruptura del equilibrio ecológico, el agotamiento de los recursos no renovables, la contaminación y la agresión al medio ambiente.
El movimiento ecologista tuvo la gran virtud, en esa defensa a ultranza del planeta en todos sus aspectos, de lograr una toma de conciencia del problema y de detener en parte la degradación. Hoy en día, mal que les pese, ni los gobiernos ni los empresarios tienen vía libre para continuar depredando el aire, las aguas, la corteza y las entrañas de la Tierra, merced a la actitud de vigilancia militante y de denuncia permanente de los movimientos ambientalistas, que lograron sensibilizar a muchos dirigentes políticos. Uruguay no fue ajeno al fenómeno y desde hace unos años los asuntos medioambientales tienen rango ministerial.
No obstante, parecería que entre los gobernantes uruguayos la mentalidad «preecológica» (por llamar de alguna manera a esa postura que prioriza el desarrollo a secas –no el desarrollo sustentable– sin importar los efectos sobre el planeta) sigue gozando de buena salud. Persiguiendo la meta de atraer inversiones, las autoridades no reparan en medios.
En estos días han adquirido especial relevancia tres problemas vinculados con el cuidado del ambiente que son prueba de lo que afirmamos.
En primer lugar, el informe del periodista Daniel Martínez Soto a propósito de los efectos que sobre la zona de Punta Ballena –y especialmente sobre la playa de Portezuelo– ha tenido la obra vial allí realizada. Una demostración rotunda de la frivolidad y la negligencia con que se manejan algunos organismos estatales.
Luego tenemos el llamado a licitación para la explotación del Puerto de La Paloma. El asunto ha levantado una polémica explicable y cuestionamientos provenientes sobre todo de representantes nacionales por el departamento de Rocha, que ven con alarma no sólo los aspectos técnicos y jurídicos sino también el impacto ambiental que tendrá la obra, fundamentalmente en lo que puede afectar los atractivos turísticos de la región.
Y finalmente, la famosa planta de celulosa de M’Bopicuá en Fray Bentos, a cuya instalación se oponen las autoridades municipales y provinciales de Entre Ríos por considerar que la planta causará polución e impacto ambiental. No es necesario ser especialista en estos temas para darse cuenta de que, inevitablemente, una industria de esas características contaminará las aguas del Río Uruguay como consecuencia del uso de productos químicos especialmente tóxicos.
Nada de esto parece inquietar al gobierno, que sigue con su tozudez habitual despreciando el ambiente y sacrificando la calidad de vida en el altar inmoral de un crecimiento económico que sólo apunta al afán de lucro de las transnacionales. *
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