Carencias en la enseñanza pública
Cuando se inicia el quinto –y último– año del gobierno del doctor Jorge Batlle, la situación de la educación pública ofrece prácticamente las mismas condiciones de deterioro que vienen caracterizándola desde hace ya muchos años.
Cuando estamos a un mes del comienzo de un nuevo año lectivo, las autoridades de la Enseñanza media están alertando sobre las carencias que hacen peligrar el normal desarrollo de la tarea educativa. Concretamente, el Consejo de Secundaria señala una notoria escasez de funcionarios administrativos y de servicio. Las cifras son elocuentes: durante los tres últimos lustros (entre 1991 y 2003), el personal no docente dependiente de ese Consejo se redujo en un treinta por ciento mientras aumentó de manera significativa tanto el número de alumnos como la cantidad de liceos (desde 1996, la matrícula se incrementó en cuarenta y cinco por ciento y hay un quince por ciento más de edificios liceales).
Parece a todas luces un contrasentido que al tiempo que crecen el alumnado y los locales hayan disminuido los funcionarios encargados de hacer funcionar la infraestructura de la enseñanza media pública; no sólo no se acompasó el crecimiento de la matrícula sino que se redujo el personal. Algo verdaderamente absurdo.
En el informe nada se dice del personal docente, aunque a nadie escapa que también en ese aspecto la educación pública exhibe serias carencias. Grupos superpoblados, profesores sobrecargados de horas de clase por lo general distribuidas en liceos lejanos unos de otros, cargos docentes ejercidos por profesores no titulados, son algunos de los síntomas de una enseñanza pública abandonada a su suerte por gobiernos insensibles.
Con la novelería frívola que lo caracteriza, el doctor Jorge Batlle se comprometió al asumir su cargo a priorizar la educación con el argumento plausible de que ello significaba invertir en el futuro. Sin embargo, el presupuesto destinado a la formación de los jóvenes ha seguido siendo tan mezquino como antes, con las lógicas consecuencias por todos conocidas: sueldos deprimidos y carencias materiales de todo tipo.
La propuesta educativa del equipo gobernante parece agotarse en proporcionar computadoras a la mayor cantidad de escuelas y liceos. Confunden así, una herramienta –herramienta útil y valiosa, sin duda, pero herramienta al fin– con las metas que debe proponerse una política de Estado en materia educativa. Porque antes que las computadoras es preciso dotar a los educandos de condiciones adecuadas en cuanto a capacidad locativa y a higiene de los locales, y dignificar la tarea docente, de manera que maestros y profesores recobren el prestigio social de que gozaban otrora.
Más importante que los ordenadores es contar con libros adecuados en cantidad suficiente; más que conectarse a Internet es preferible que los jóvenes reciban la información –y la formación– necesaria para llegar a ser ciudadanos libres y con espíritu crítico, para lo cual es preciso contar con profesores bien remunerados, dedicados de lleno a su tarea; antes que ocuparse de adiestrar a los jóvenes en informática es menester ocuparse de adecuar los contenidos de lo que se enseña y, sobre todo, no desdeñar la formación humanística en aras de la competitividad que exige el mundo globalizado y posmoderno.
En fin, será una ardua tarea la que deberá llevar a cabo un gobierno preocupado de verdad por la educación. *
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