Inseguridad y violencia
Hace pocos días, se publicó la dramática carta de una lectora, madre de una joven que se encontraba entre quienes fueron víctimas de una agresión al salir de un baile.
La carta de esta señora que trasunta una explicable angustia por la experiencia que le tocó vivir a su hija se convierte en un patético llamado de alerta sobre la realidad de descomposición social que vive el país, que ha ido incorporando insensiblemente pautas de comportamiento con una carga de agresividad y de violencia desconocidas hasta no hace mucho tiempo.
A la vivencia traumática de la joven (que aún recuerda las detonaciones de las armas de fuego), se suman dos rapiñas callejeras de que fue víctima su hermano menor y dos visitas de cacos a su domicilio.
Todo ello conforma un panorama alarmante de desquicio de la convivencia en el que se mezclan el auge de la delincuencia común (robos y rapiñas) y la conducta violenta que obedece a otras razones, diversas de la obtención de un beneficio material.
Parece evidente que la sociedad uruguaya está sufriendo las consecuencias de la globalización. Una globalización que propicia la aplicación de un modelo económico inhumano, así como la emulación de una forma de relacionamiento extraña a nuestra idiosincrasia. Un modelo que presupone la aceptación de valores que entronizan un consumismo exacerbado y proponen una competencia despiadada, no ya entre empresas para ganar los favores del mercado, sino también entre los miembros de una colectividad, fomentando de esa manera una mentalidad profundamente individualista generadora de comportamientos insolidarios.
Pero lo más significativo es el final de la carta. Allí la angustiada madre plantea una serie de interrogantes que trasuntan el verdadero estado del alma de la sociedad uruguaya. Se pregunta: «¿A quién le reclamamos? ¿Al ministro del Interior por la falta de seguridad? ¿Al Presidente por la falta de trabajo? ¿Al ministro de Cultura, al Consejo de Primaria, al de Secundaria, porque nuestros jóvenes no están siendo lo debidamente atendidos? ¿A nuestra sociedad toda, por no buscar los cambios reales que necesita? Mis hijos también se preguntan todo esto, y no sé qué contestarles».
Quizá sin proponérselo, esta uruguaya está planteando el problema en sus reales términos, puesto que el tema de la inseguridad, del auge de la delincuencia y de la violencia atañen a todos y cada uno de nosotros. Obviamente, a cada una de las preguntas concretas habría que responder afirmativamente, pues se trata de un problema con varias aristas cuya solución requiere del concurso del Estado en su conjunto, de la sociedad toda, que debe decidir qué modelo queremos y qué valores debemos perseguir e inculcar a nuestros jóvenes, además claro está de la obligación constitucional del Estado de brindar condiciones de vida decorosas para todos los habitantes.
La misiva expresa una realidad que merece de parte del gobierno un encare serio y responsable del problema de la violencia, algo que hasta ahora no ha sucedido. Pues no puede considerarse sensatamente como algo serio las medidas impulsadas en la ley urgente, que sólo apuntan a aumentar los castigos.
El tema exige un tratamiento en el que están involucrados varios organismos del Estado pues las soluciones pasan por el diseño de políticas económico-sociales y educativas que propendan realmente a crear condiciones de vida dignas y decorosas y a internalizar valores humanistas.
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