La dictadura mediática

Una nota publicada recientemente por el célebre ensayista Humberto Eco propone una serie de reflexiones acerca de la situación política y cultural que se vive en Italia. Y, como suele suceder con los trabajos de Eco, lo hace en términos tan agudos que sus conclusiones resultan de una validez que trascienden el escenario político de la península.

Las anotaciones de Eco se producen en momentos en que el poder de Berlusconi se encuentra cuestionado en amplios círculos de la sociedad italiana. Las características de la personalidad de este magnate de la prensa convertido en jefe de gobierno lo han hecho tema casi obligado por los analistas de buena parte de Europa, muchos de los cuales, como Eco, ven en el gobernante una amenaza permanente a la estabilidad institucional y a las libertades democráticas.

En estos días ha escrito el analista italiano Gianfranco Pasquino: A diez años de distancia, aunque todavía en el gobierno, ya no por méritos suyos, sino por los extraordinarios e imperdonables deméritos de la izquierda, Berlusconi debería darse cuenta de que no supo aprovechar las oportunidades de 1994. Su coalición y él mismo ya no están en condiciones de ofrecer creíblemente representación política, gobierno de la sociedad, reformas estructurales de la economía y bienestar.

La Italia de Berlusconi, diez años después, es incluso peor que la Italia de 1994: las reformas no se hicieron, las expectativas sociales se replegaron egoístamente sobre sí mismas, las distancias políticas se ampliaron, los choques se han vuelto más frecuentes, las hostilidades recíprocas se encuentran peligrosamente fuera de control».

¿Cómo ha logrado sostenerse Berlusconi? ¿Cómo han sido doblegados partidos políticos históricamente fogueados, con una identidad ideológica consistente y con una experiencia sólida tanto en el gobierno local como nacional?

Una de las claves la aporta, justamente la reflexión de Humberto Eco a que hacíamos referencia inicialmente.

Dice Eco: Con la consabida ceguera de la cultura de izquierdas, la afirmación de Berlusconi de que los periódicos no los lee nadie mientras que todos ven la televisión se ha entendido como una más de sus metidas de pata. No lo era, era un acto de arrogancia, pero no una estupidez. Reuniendo todas las tiradas de los periódicos italianos se alcanza una cifra bastante risible si se la compara con la de quienes sólo ven la televisión. (…) no cabe duda de que Berlusconi tiene toda la razón: el problema es controlar la televisión, y que los periódicos digan lo que les venga en gana.

La televisión actúa de esta forma. Si se discute una ley, se enuncia ésta en primer lugar, después se da la palabra de inmediato a la oposición, con todas sus argumentaciones. A continuación aparecen los partidarios del gobierno que objetan las objeciones. El resultado persuasivo se da por descontado: tiene razón quien habla el último. Si se siguen con atención todos los noticieros, podrá verse que la estrategia es ésa: en ningún caso tras la enunciación del proyecto aparecen primero los partidarios del gobierno y después las objeciones de la oposición. Siempre ocurre lo contrario.

A un régimen mediático no le hace falta meter en la cárcel a sus opositores. Los reduce al silencio, más que con la censura, dejando oír sus razones en primer lugar.
Las reflexiones de Eco tienen sin duda validez para examinar los términos en que se desenvuelve la información política en nuestro país.

A veces, incluso, llevando la obsecuencia con el gobierno más allá de los términos en que lo denuncia Eco. ¿Cuántas veces hemos asistido a la situación en la que, después de una interpelación a un secretario de Estado, los informativos del oligopolio mediático informan casi en exclusiva de las respuestas del gobernante y sólo de manera breve trasmiten las objeciones que motivaron la interpelación?

Ni hablar que, como sucede en la Italia de Berlusconi, en todas las instancias en las que hay más de una opinión, los que tienen la última palabra son los voceros del gobierno. *

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