Blancos y colorados: nada ha cambiado, todo va bien
En estos días tanto las autoridades del Partido Nacional como las del Partido Colorado han dado algunos pasos significativos en sus respectivos procesos de reagrupamiento.
Y ambas comunidades partidarias lo han hecho evocando hechos sangrientos del pasado: homenaje a los caídos en la revolución saravista de 1904, celebrado en la localidad floridense de San Marcos; acto por los mártires de Quinteros en conmemoración de los fusilamientos padecidos por la insurgencia colorada de febrero de 1858. Mientras la primera de estas conmemoraciones se celebró ayer domingo, la de los Mártires colorados se realiza hoy lunes en el Mausoleo que guarda los restos de los combatientes colorados. Observemos de paso que esto siempre ha sido así, dado que en aquellos tiempos no existía la desaparición forzada de personas y, por tanto, desde entonces, familiares y compañeros políticos de los caídos han podido expresar sin obstáculos su homenaje y su recuerdo a los mártires de su colectividad.
Como es habitual también, estos actos no han estado exentos de mensajes políticos y de hecho forman parte del proceso de reorganización a la que los partidos tradicionales se encuentran abocados en vistas a un año electoral tan nutrido de compromisos como será 2004.
La cuestión de las elecciones internas preocupa a ambas colectividades. Por un lado se da cuenta del desasosiego en filas nacionalistas por los perjuicios que al partido podría resultarle de una intensificación del tono de las controversias internas y, para los que se oponen a la conducción del doctor Lacalle, la inquietud por un exceso de fragmentación que impida el anhelado desplazamiento del ex presidente.
Si nos atenemos a las expresiones del doctor Lacalle, todo ha ido, todo va y todo volverá a ir muy bien. Para el Partido Nacional y para el país: «El Partido Nacional –sostuvo en Fray Marcos– es el depositario de una esperanza de un país administrado igual que cuando se gobernó entre 1990 y 1995″.
Para el fogueado dirigente nacionalista en Uruguay no ha habido una crisis financiera y un descalabro social que precipitó en la miseria o arrojó al exilio a cientos de miles de uruguayos.
Tampoco existió el debate sobre Ancap ni todavía se abrieron las urnas del 7 de diciembre. Todavía no tomó conciencia de cuáles fueron los resultados de su activa participación en defensa de la ley impugnada.
A partir de un análisis de la realidad tan módico, de una tan escuálida relación con la realidad, es lógico que sus proposiciones tengan un cierto aire onírico, que sean apenas, como decía la poeta, la «sombra de un sueño».
En el pensamiento oficial del lacallismo no hay atisbos de balance, no hay un intento de ver las cosas desde el punto de vista de la sociedad, de incorporar los nuevos problemas que se acumulan para la población que vive de su trabajo.
Y como no hay balance no hay ninguna idea, ninguna palabra de rectificación, de propuestas novedosas, de discursos que vayan más allá del rutinario y mortecino autobombo.
Una tesitura similar viene mostrando el coloradismo. La preocupación central, una vez más, no está en los hechos del país y de la sociedad sino en cómo se presentan y maquillan los discursos y los candidatos ante la eventualidad de los desafíos electorales.
El gran contratiempo para el Foro Batllista parece ser la negativa a presentarse como precandidato por parte del senador Alejandro Atchugarry. La ausencia de una pugna interna, piensan, agravaría la aguda crisis por la que atraviesa el sector.
Como en el caso del Herrerismo, la actitud del Foro Batllista frente a los hechos recientes resulta sorprendente. No hay registro autocrítico del significado de la jornada del 7 de diciembre. Y menos una valoración acerca de cuánto tuvo de rechazo a la vieja conducción y a Sanguinetti el resultado de esa convocatoria a la ciudadanía. Todavía parece no haber comprendido que cuanto más aparece en la TV dirigiéndose a la ciudadanía, más exiguo es el respaldo que obtiene. *
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