Política, nepotismo y ética

El nepotismo se encuentra citado y criticado con frecuencia diferente, en distintas épocas históricas, entendiéndose por tal la «desmedida preferencia que algunos dan a sus parientes para los beneficios o empleos públicos».

 

La palabra «nepotismo» proviene del vocablo «nepotis» que en latín quiere decir «sobrino». Comenzó por llamarse «nepotismo» la práctica seguida por algunos papas de designar a sus sobrinos en cargos de jerarquía. Luego pasó a entenderse por nepotismo la «desmedida preferencia que algunos dan a sus parientes para los beneficios o empleos públicos».

La práctica del nepotismo por parte de gobernantes ha dado lugar a críticas permanentes, aún hoy. Así el sábado 24 de enero de 2004 pudimos leer en LA REPUBLICA una carta dirigida al líder del Partido Nacional, doctor Lacalle, por parte de un ex diputado de esa colectividad política, en donde le reprocha que cuando debieron realizar proyectos para el departamento de Canelones, el ex presidente priorizó los «proyectos familiares», y rememora allí que otros referentes políticos de su partido han hablado del «desembarco en Canelones» del «estado mayor familiar» del doctor Lacalle.

La práctica del nepotismo en los últimos gobiernos se ha agravado a través de los «contratos de obra».

La ley que autoriza dichos contratos de obra lo hace para circunstancias de excepción y se trata de una designación directa para una determinada tarea. Los gobernantes lo convirtieron en práctica corriente y son millones que se pagan por fuera de las disposiciones presupuestales (en la mayoría de los casos con créditos provenientes del exterior que luego pagamos todos). Y allí, en esos contratos de obra, se repiten los apellidos de gobernantes y amigos políticos, que de este modo evitan los requerimientos, exigencias y controles de la función pública.

Por extensión, ese manejo preferencial de las designaciones y beneficios de la función pública, se lleva a situaciones en las que antes de las elecciones «el candidato» promete uno o más cargos al caudillo (a sus familiares y amigos políticos), que le aporte votos.

De este modo cuando se obtienen votos con ese tipo de promesas se está realizando un doble acto de corrupción: el gobernante electo comienza pagando con bienes del Estado los votos obtenidos y quien es favorecido con la designación por el gobernante, entiende que ha pagado con su voto el cargo que le dieron y por lo tanto no se siente obligado a cumplir con ninguna obligación derivada del cargo que desempeña.

En los tiempos de globalización de la criminal receta neoliberal, la respuesta es el desarrollo de «éticas aplicadas»: cada vez más el ciudadano exige un comportamiento ético de los distintos sectores: político, de la salud, del económico, de los medios de comunicación, etc..

Por ello se reclama tribunales de bioética y en los hospitales para analizar el comportamiento de los investigadores y de los sistemas asistenciales; tribunales de ética y leyes que protejan a los ciudadanos del mal uso de los medios de comunicación, etc.

La credibilidad de los políticos y del sistema que integran depende en gran manera del apego a prácticas éticas que prioricen proyectos en beneficio de la comunidad y no de prácticas que prioricen ventajas personales o de sus allegados.

Es imposible un gobierno progresista con propósitos de cambios para mejorar, si se comienza por adoptar las prácticas antiéticas que han sumido en el descrédito a los dirigentes de los partidos tradicionales. *

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