Las opciones políticas argentinas
Hacia finales del 2002 parecía que las instituciones de ese país caerían hechas trizas sobre las cabezas de sus habitantes. Que el caos político y social terminaría predominado como forma de convivencia rutinaria. Que la corrupción política y administrativa seguirían campeando. Algunos intelectuales pronosticaban un proceso inevitable de disolución nacional. Los hechos demostraron que en ese país existían enormes reservas morales e intelectuales.
La evolución política del país, no obstante, abrió inesperadamente otro camino. Factor fundamental en ese golpe de timón: Néstor Kirchner, un dirigente político peronista, con una trayectoria importante pero limitada y poco conocida.
El ex gobernador de Santa Cruz inició su mandato con un peso político todavía poco consistente. El retiro de Menem para la segunda vuelta impidió el proceso por el cual el candidato recibía y se comprometía con sus electores, con la ciudadanía argentina que en forma mayoritaria lo prefería frente al «peligro» de la restauración menemista.
Los primeros actos de gobierno fueron claros y distintos, evidenciaron un estilo nuevo, a la vez enérgico y humilde, sensible frente a las angustias de la población y pragmático en la concepción de soluciones para los problemas más perentorios.
Un estilo de gobierno imbuido de transparencia y nitidez. Que se supo plantar con firmeza tanto con los poderes fácticos locales, enquistados en la plana mayor de la policía, del Ejército y del Poder Judicial, como con los representantes de los organismos internacionales, como el Fondo Monetario.
Con singular firmeza Kirchner sentenció: no negociaremos más de rodillas, pagaremos, pero no a costa del crecimiento y el hambre del pueblo. Las decisiones ante los acreedores externos mostró el mismo camino, de fuerte impronta nacional, de reafirmación de la dignidad del Estado y de la nación.
Kirchner ha puesto el acento en la necesidad de la reactivación económica, pero, al mismo tiempo, no ha perdido de vista las necesidades de los más golpeados por el modelo neoliberal. Se ha resistido al camino de la represión contra la protesta social encarnada por los piqueteros y ha procurado revertir la tendencia a la caída de los salarios y jubilaciones.
La lucha contra la corrupción ha sido, también, una lucha contra algunas empresas privatizadas en el período anterior que no cumplían con las obligaciones ni pagaban el canon establecido en los contratos, vivían la «jauja menemista y neoliberal», que paga el pueblo con sus privaciones. Como explica una nota informativa del matutino porteño Página 12: el mismo día en que se firmó el decreto que anula la concesión del «Servicio de comprobación técnica de emisiones del espectro radioeléctrico» que favorecía a la firma francesa Thales Spectrum, a quien acusó de no haber cumplido «en un 70 por ciento» los compromisos asumidos, tanto en materia de inversiones mínimas como de pago del canon, y de haber provocado un perjuicio al Estado por 302 millones de pesos. Como contrapartida, desde el otorgamiento de la concesión en 1997, la empresa habría registrado ganancias extraordinarias, incluso comparadas con el resto de las privatizadas, que alcanzarían una tasa interna de retorno del 145 por ciento, lo que hace presumir un enriquecimiento sin causa que será investigado penalmente.
Las graves irregularidades existentes en materia de control y seguimiento de la concesión ya habían sido detectadas en 2001 por un informe de la Auditoría General de la Nación.
El desempeño de Thales Spectrum de Argentina (TSA) concentra, al límite, las peores características de las privatizaciones de los ’90: la transferencia de una actividad monopólica a un grupo privado, una licitación en la que el único competidor fue rechazado, flagrante incumplimiento de inversiones y cánones, falta de control estatal, ganancias extraordinarias y graves sospechas de connivencia entre la empresa y funcionarios. *
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