Una legitimación necesaria
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El proceso verificado en las últimas elecciones municipales es bastante aleccionador y debe ser tenido en cuenta por los que intentan analizar al devenir político de nuestra sociedad. Los partidos de la centroderecha, en un proceso que parece por el momento irreversible, han comenzado a borrar, por el mecanismo del llamado «efecto balotaje», sus perfiles tradicionales, modificando también algunos elementos ideológicos, en el sentido de que éstos han dejado de ser incondicionales –o al menos no tanto como antes– a un cúmulo de elementos culturales que los diferenciaban de sus tradicionales adversarios.
Y ello ocurre por varios factores. Uno es que no existe, especialmente para los jóvenes, un proyecto ideológico con que identificarse si no hay futuro personal identificable y que los comprenda. Quien, de alguna manera, abra ese horizonte, será el receptor del apoyo de las nuevas generaciones. Mientras tanto los procesos que se dan en el seno de nuestra sociedad parecerían mostrar que se han comenzado a recorrer caminos nuevos con el único fin de mantener un poder que parece que ha comenzado a escaparse como agua entre los dedos.
En Uruguay, tras la dictadura, la identificación en términos derecha-izquierda se constituyó en buena medida como una prolongación de la anterior dictadura-antidictadura. Ello, por supuesto, dio un añadido de legitimidad a la izquierda ya que nadie se proclamada de derecha, ni siquiera los sectores más recalcitrantes, como el pachequismo. La dictadura militar había quemado ese adjetivo identificatorio, quitándole con su derrota, toda legitimidad. El primer triunfo electoral del sanguinettismo se enancó en un mensaje claramente de centro, desvinculándose su discurso de la izquierda tradicional, pero también de la derecha recalcitrante y, mucho más, de la golpista.
Con el tiempo, las cosas comenzaron a cambiar y votar por la izquierda dejó de ser una cosa que se ocultaba a los encuestadores, para convertirse en un elemento a esgrimir, especialmente cuando parece posible –tomando en cuenta la tendencia histórica de los últimos 50 años– que en 2004 triunfe el Encuentro Progresista-Frente Amplio y que en marzo de 2005, por primera vez en nuestro país, el gobierno que asuma sea de un signo distinto al de toda la historia institucional del país.
La derecha, sin embargo, siguió enquistada en muchos centros de poder, no modificando mucho sus reflejos ideológicos. No es bien visto por más de un empleador, por ejemplo, que el candidato para un cargo se identifique con los sectores de izquierda. Existen mil ejemplos para ello, por lo cual sectores jóvenes prefieren «mimetizarse» con el centro, desvinculándose de todo aquello que pueda influir negativamente en su realización personal. Y ni hablar de los institutos militares y en las propias Fuerzas Armadas, lugares donde ser de «izquierda» parecería un elemento incompatible con la función castrense. Por supuesto que se sabe que en los sectores corporativos, es donde los cambios se procesan con más lentitud y allí, en las Fuerzas Armadas, todavía persisten conceptos perimidos inculcados a más de una generación de oficiales formados con los manuales de la «guerra fría» y la Doctrina de la Seguridad Nacional en la Escuela de Las Américas.
Por todo ello, en el proceso que se está verificando en el país, la legitimación de los sectores parece fundamental. Hoy, blancos y colorados por la necesidad coyuntural de triunfar en departamentos del interior del país, debieron comenzar a borrar sus fronteras partidarias, poniendo en marcha lo que se ha dado en llamar «efecto balotaje» Esos votantes, en un fenómeno que es nuevo, han debido olvidar deferencias sectoriales y otras, otrora fundamentales, de carácter histórico, para consagrar a los candidatos «tradicionales»
No olvidemos –claro está– que todo este proceso surge de la nueva Constitución, que estableció el camino por el que hoy ocupa el gobierno nacional, el representante de un sector político que no había triunfado en las elecciones parlamentarias; un buen prólogo para el camino emprendido en dirección de la legitimación de dos megasectores con definición contrapuesta; progresistas y conservadores.
Sin embargo esa linealidad de la conducta histórica de los últimos 50 años puede tener hoy, en marco de este mundo moderno, algunos vericuetos sociológicos que podrían hacer descarrilar aun más al voto de sus caminos presuntamente tradicionales. Ello equivale a decir que en el voto pueden cobrar peso factores distintos al de la identificación ideológica. Claro está qué podría hacerlo más volátil y condicionado.
Montevideo es un ejemplo de ello: personas que siguen considerándose de derecha, que siempre apoyaron a los partidos tradicionales, votaron el último 14 de mayo por Mariano Arana, por considerarlo eficaz en su labor específica de intendente. En esos votantes no jugó una identificación ideológica, fenómeno tras el cual queda para replantear el concepto de izquierda y derecha. El voto de ese grupo se definió por la eficiencia demostrada por el candidato, que puede colaborar –en la visión de esos votantes– en el apuntalamiento de un proyecto personal cuyos límites habría que analizar.
Esa condicionalidad del votante aparece hoy como más visible en el caso de los jóvenes y existen motivos sociales que podrían explicarlo. John Gray que es un catedrático de pensamiento europeo de la London School, que tras haber simpatizado con el thatcherismo viró hace algunos años hacia el laborismo, llamó la atención de un aspecto insuficientemente valorado hasta hoy, el del impacto de las nuevas tecnologías en el ámbito laboral, que tiene como una primera consecuencia la desaparición de la carrera profesional. Los trabajadores de mañana, como comenzaron a comprobar los jóvenes hoy, no sólo cambiarán muchas veces de trabajo dentro de su ámbito profesional, sino de profesión a lo largo de su vida laboral; de acuerdo a las necesidades cambiantes del mercado.
Y queda claro que no existe proyecto ideológico con que identificarse si no hay futuro personal identificable.
La inclinación política, y el voto, puede convertirse en variable. De ahí que los sectores políticos, más allá de las apelaciones de lealtad ideológica, necesiten nuevos elementos. Las generaciones mayores en nuestro país se sorprenden por la creciente despolitización y la moral utilitaria de los jóvenes, lo que aparece como una constante en los últimos tiempos. Un proceso similar fue valorado por Aranguren en su ensayo La juventud europea, aparecido en 1967. Sin embargo ese texto fue prolegómeno del estallido de mayo de 1968.
Nos queda, por lo tanto, un largo camino para reflexionar.
* Periodista
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