¿Colas o culos?

Este lunes en la primera página de este diario se publica la foto de 150 personas (así se afirma) desnudas, echadas boca abajo, y se dice que se exhiben otras tantas colas.

El lector se habrá preguntado con razón: ¿colas o culos? Y si se respondió a sí mismo con objetividad, no habrá sino tenido que reconocer que tenía ante sí 150 culos, lisa y llanamente. Que no eran colas precisamente, sino culos.

¿Por qué la proscripción escrita de la palabra culo? Ya que obviamente no existe proscripción oral alguna de la palabra culo. ¿Quién no ofrece, llegado el momento, unas «buenas patadas en el culo»? ¿Quién no habla u oye hablar de «cara de culo», etcétera?

¿Quién no sabe, además, que los humanos no somos equinos, ni bovinos, ni caninos… que ellos sí tienen cola (y culo, además)? Pero en cuanto a cola, no la tenemos ni queremos tenerla nosotros.

Pero en el territorio de lo escrito, la palabra culo ha sido excomulgada, anatemizada, repudiada, excluida, condenada, desaprobada. Y no porque el culo en sí mismo sea repugnante, inaceptable, desechable, detestable, etcétera, ya que no lo es, a priori, de manera alguna. Lo que es más, como dijo el poeta refiriéndose a una bella dama, el culo es su gracia soberana.

Una de esas afirmaciones que a veces han traído cola, precisamente.

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