Los discípulos del fascismo

Desde el momento que las encuestas han comenzado a señalar a la Nueva Mayoría como favorita indiscutible para ganar las próximas elecciones, se visualiza que el susto, el nerviosismo y la preocupación, vienen atormentando a las cúpulas partidarias de quienes en noviembre de 1999 acordaron que la «familia ideológica» tenía que reflejar su unidad en las urnas. Y ante la firme posibilidad de que la ciudadanía disponga que, el 1º de marzo de 2005 deberán desalojar todos los centros de poder que han usufructuado luego de recuperada la democracia, a los fenómenos emocionales antes citados se les añade un perturbador estado de intolerancia, sinónimo de que la cultura cívica tantas veces predicada, está sufriendo un fuerte declive.

Se comprende que la cordura, la ecuanimidad y el léxico conciliatorio –atributos propios de los que siempre han tenido la hegemonía del poder– no cuenten hoy con la intensidad con que se exhibieron en épocas de triunfalismo, pero es preocupante que quienes viven dando lecciones sobre principios republicanos, no admitan a los titulares de la soberanía el derecho de rectificar rumbos a través del sufragio.

Obsérvese que desde mucho antes del último referéndum, la prensa identificada con la escuela neoliberal, viene desarrollando una feroz campaña contra los cambios e innovaciones que propicia la fuerza política que lidera el doctor Tabaré Vázquez, en un clima de manifiesta mala fe y con una alta dosis de soberbia.

Dejemos de lado las diatribas e infundios, que estos señores diseñaron en la última campaña electoral en torno al impuesto a la renta y demás propuestas programáticas de la izquierda, para trasladar la lectura a las recientes declaraciones del doctor Julio María Sanguinetti.

Adviértase que en reportaje efectuado por el matutino argentino La Nación, la máxima figura del Partido Colorado califica que las protestas de la población a través de las cacerolas son expresiones «fascistas», afirmación que por su contenido y alcance desata varias reflexiones.

Para nadie es novedad que la cazuela o vasija golpeada por un mango con el objetivo de hacer ruido jamás representó un medio idóneo de agresión, sino una simbólica modalidad colectiva de transmitir discrepancias o quejas contra determinadas situaciones.

De manera que en rigor se trata de un recurso absolutamente pacífico, que busca poner en conocimiento de la opinión pública, políticas desacertadas donde las iniquidades económicas suelen tutearse con injusticias sociales. En este contexto, resulta entonces inadmisible que una persona que desempeñó en dos períodos la primera magistratura del país, descalifique con etiquetas ideológicas –que la historia ha juzgado severamente– a quienes en ejercicio de la libertad de pensamiento, denuncian desviaciones, ilegalidades o excesos, que dañan intereses legítimos.

Y es indudable, que precisamente se está haciendo una apología del credo que postulaba Benito Mussolini, si le negamos a la gente reivindicar públicamente la defensa de sus fueros fundamentales.

El fascismo –como le consta al lector– representó una doctrina totalitaria que en la década del 10 del siglo pasado logró controlar la voluntad y la inteligencia de la comunidad italiana, agitando con alta seducción el culto al Estado y un nacionalismo con fanáticos extravíos. Por consiguiente no resulta ético atribuir comportamientos autoritarios a los compatriotas que en nombre de una causa justa protestan contra la miseria, el desempleo y el corralito.

En el reportaje de referencia, el doctor Sanguinetti aduce que en Uruguay todo el mundo le pide cuentas a los gobernantes pero nadie a la sociedad, sin advertir que la conducción de los asuntos públicos está reservada a los primeros, no contando el pueblo con otro recurso que el de movilizar su mensaje crítico –prerrogativa constitucional– que aquél recurriendo a una falsa oposición dilema, la pretende desacreditar.

Pero al margen de la gran responsabilidad que tiene el ex Presidente, por el colapso en que ha desembocado la República, será la Historia la que dirá dónde están los fogoneros de la reacción, y quiénes lograron un seguro sitial en el folclore del oscurantismo. *

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