Sobre crecimiento económico

El Fondo Monetario Internacional (FMI) ha sido el organismo más criticado a raíz de la última crisis financiera global, de los años 1997 y 1998. La acusación central fue su inoperancia, basada en dos razonamientos: incapacidad para hacer diagnósticos previos de los problemas y, como consecuencia, no haber actuado antes de que éstos últimos surgiesen; y aplicación de políticas de talla única cuando intervenía (durísimos ajustes macroeconómicos acompañados de privatizaciones), independientes de la coyuntura de los países afectados.

Como consecuencia de estas críticas (a un lado, los que pretendían que desapareciese el FMI; al otro, los que querían reformarlo para hacerlo más efectivo y más democrático en sus decisiones) nació el concepto de nueva arquitectura financiera internacional, más retórica que real, y el cambio de director gerente del FMI: Camdessus fue sustituido por Horst Köhler.

En los últimos tiempos, la acción del Fondo ha reaparecido de alguna manera, acordando acuerdos con dos países emergentes, ambos de naturaleza estratégica: Argentina y Turquía. En los dos casos, los «paquetes» intentan que la influencia de ese organismo se pierda totalmente, evitando males mayores. El FMI, especialmente en el caso de Argentina, aparece como una prolongación del Departamento de Estado de los EEUU, tratando de evitar «males mayores» para el gobierno de George W. Bush, como podría ser una alianza más estrecha entre los países de la parte sur del continente.

Argentina y Turquía son ejemplos muy diferentes. El país latinoamericano, el más endeudado de la zona (150.000 millones de dólares) debió superar una recesión, como la uruguaya. Los analistas coincidieron en que, teniendo problemas coyunturales serios, la principal dificultad argentina estuvo en el manejo político deficiente de la coyuntura económica (léase Cavallo, De la Rúa y sus colegas de la época), tema que salió del cono de sombras con la asunción del gobierno de Néstor Kirchner.

La Argentina, como todos sabemos, tuvo un corsé en su política económica, que fue su «currency borrad», un sistema de cambios fijo en el que un peso equivalía a un dólar, que fue instalado por el dúo Carlos Menem-Domingo Cavallo, y que cada vez que sobrevino una situación límite sirvió para que se discutiera la rigidez que imponía el mismo. Una «convertilidad» a la que le puso fin, en su interregno de unos meses, por el presidente Eduardo Duhalde.

Pero recordemos que el impulsor de esa política de cambio fijo, inamovible, no fue otro que el FMI, lo que acaba de ser denunciado nuevamente por el presidente Kirchner que responsabilizó con nombre y apellido a Anne Krugger, directora de esa organización multilateral de crédito.

Hoy las crisis en la región, especialmente entre los vecinos del Plata, parecen haber comenzado a revertirse. No sólo ha mejorado el ingreso de divisas, vía las exportaciones, sino que la industria   que había sido prácticamente desmantelada  comenzó a producir no sólo para la exportación sino para abastecer los crecientes requerimientos del mercado interno.

A diferencia de lo que ocurre en Uruguay con la venta de la carne, en Argentina el proceso distributivo se está verificando, mejorándose el salario y las jubilaciones a través de incrementos importantes, como otorgándose soluciones a otros recortes (el incentivo docente es un ejemplo), que determinan una cada vez mejor capacidad de compra de sectores que la crisis había pauperizado.

Por ello llama la atención en nuestro país la flechada visión del gobierno en torno a lo que es el crecimiento económico. No existe tal, si no mejoran las condiciones de vida de la gente. No hay crecimiento económico cuando un sector de la economía, agraciado por la coyuntura internacional, mejora su performance exportadora.

El crecimiento económico es una realidad cuando se revierten los índices de miseria, se abate realmente la desocupación y se achatan los privilegios de unos a favor del mejoramiento de otros. *

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