Voto epistolar: una iniciativa nacional y democrática
El anuncio formulado días atrás por el diputado encuentrista Carlos Pita sólo puede ser visto como una propuesta para ampliar y consolidar la democracia política en el país.
Sin entrar en los aspectos técnicos y jurídicos que asumirá esa propuesta, vale sí la pena detenerse en los fundamentos que el proponente ha exhibido.
En los últimos años Uruguay ha perdido una parte considerable de su población. El alejamiento de la patria está, a no dudarlo, motivado en razones de tipo económico, a la ausencia de oportunidades de empleo, a la falta de perspectivas para nuevos emprendimientos en amplísimos campos de la actividad nacional.
Constatado ese hecho, la preocupación de la sociedad uruguaya deber ser la de no perder o al menos no perder definitivamente el concurso de esas energías nacionales que hoy ha dispersado el exilio económico.
Un primer paso, de alto contenido simbólico, consiste en facilitar los mecanismos de integración –en este caso de reintegración– a la comunidad nacional, a esa vocación de un destino conjunto que entraña la noción de patria, y hacerlo a través de la habilitación de mecanismos por los cuales todos nuestros compatriotas que llenan el resto de los requisitos legales puedan hacer uso de su derecho al sufragio.
La iniciativa, que responde a una preocupación que comparten en el exterior decenas de miles de uruguayos, no puede ser vista sino como un esfuerzo de recuperación de una sociedad dispersa, de fortalecimiento del espíritu de pertenencia a una comunidad nacional, con el peso de su historia, de sus tradiciones, de sus rasgos distintivos en el concierto internacional.
Y el acierto de la propuesta reposa justamente en el hecho de que no hay factor que distinga más a nuestra comunidad humana, a nuestra condición de uruguayos, que esa noción de participación cívica, de «toma de partido» ante la pluralidad de caminos que se presentan a la sociedad y que toma la forma de una opción, de una elección entre propuestas político partidarias.
El uruguayo discutidor, analítico, que asume reflexivamente una decisión de voto, es el resultado de un largo proceso, con sus mártires y sus villanos, y ha pasado a ser un rasgo distintivo de la idiosincrasia nacional. Bien rescatable por cierto.
Habilitar la participación en las elecciones es una línea de acción que apunta a apoyarse sobre esas ideas, esas maneras de ser, esa cultura de la participación democrática que nos caracteriza. Un lazo tenue pero sutil, cargado de significación simbólica y política que debiera movilizar a todas las fuerzas políticas democráticas por igual.
Por eso causa sorpresa alguna expresión de rechazo, proveniente de dirigentes de los partidos tradicionales, que parecen ateridos ante el fantasma que el voto de los uruguayos del exterior les sería mayoritariamente adverso.
Es un error en varios sentidos. Está lejos de estar probado que la mayoría de los que han debido emigrar pertenezcan a un solo partido. En segundo lugar los beneficios de la vigorización del sentimiento de pertenencia a la comunidad no es patrimonio de ningún partido, justamente porque no se trata, como diría Carlos Real de Azúa, de un coligante confesional o étnico o partidista.
La propuesta formulada y que ahora se discute en distintos ámbitos va más allá de los intereses de los partidos. Se trata de abrir compuertas para la participación de todos los uruguayos en un acto de elección entre distintos partidos, un acto esencialmente pluralista y democrático. *
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