El mercado de las ilusiones
La democracia de las encuestas consuela a los partidos políticos. Los porcentajes de preferencias son índices de ventas y de mercados susceptibles de ser conquistados. Como empresas en expansión que usan la promoción y la venta de puerta en puerta para colocar sus productos «en la preferencia del público», los partidos políticos hacen lo mismo y sus militantes se dedican a recorrer casa por casa o «medio» por «medio», para obtener, no una alternativa de país, sino un voto más que se pueda canjear por cuotas de poder en lo más alto del Estado nacional.
El agotamiento del sistema de partidos no parece ser percibido por las direcciones políticas. Unos y otros apuestan a que su producto tendrá aceptación en el reducido mercado electoral. Los ciudadanos no son vistos como personas políticas sino como clientes potenciales o seguros. El sistema político en Uruguay crea, periódicamente, un poder adquisitivo.
Acorde con el modelo neoliberal, el ciudadano existe mientras mantiene su poder de compra «política». El voto, individual o corporativo, es la moneda fugaz por la que se pelean los mercaderes partidarios. Pero la importancia sólo dura un día. Previo a ese día, las campañas publicitarias, grandes, medianas y chicas, se despliegan para obtener ese voto, para hacerlo número y capital en la bolsa de los partidos políticos.
Pero la crisis en la demanda no contrae la oferta, se reajusta el mercado para que el poder se pelee y se reparta entre los políticos profesionales. La ciudadanía, de alguna manera, ha sido excluida explícitamente de la política. Después de todo, este comercio es para profesionales y no para aficionados.
La izquierda partidaria ha obtenido no pocos ni pequeños logros en la lucha electoral. A su quehacer político, no sólo electoral pero también electoral, se le debe la apertura de nuevos espacios y puentes solidarios entre luchas de otro modo dispersas y solitarias.
La historia de la izquierda partidaria está llena de heroísmo, abundan las cárceles y las tumbas, pero también hay triunfos legítimos, autenticidad de banderas y vida consecuente. ¿Que diríamos del referéndum sobre la privatización de Ancap?
Por ello, a esta altura, es bueno que valoremos lo que ocurrirá en octubre del año que comenzó, cuando llegue la hora de votar. Ya la derecha vernácula habrá hecho todo lo posible para cuestionar a los candidatos del Encuentro Progresista en un país que habrá profundizado su crisis a niveles inimaginables; sin embargo, blancos y colorados como siempre lo hicieron tratarán de hacer más apetecibles sus ofertas electorales para volcar la opinión por lo menos a la hora del voto a favor de las llamadas «divisas» tradicionales. Tratarán, obviamente, de disimular el desbarranque del modelo.
Pero, en esta ocasión, el devenir histórico habrá abierto la posibilidad de que todas las cartas estén boca arriba. Será la hora de la verdad y también jugará el fracaso a que se encaminó el modelo conducido por Jorge Batlle, pese a que se vivan veranillos de crecimiento, como ha ocurrido siempre al ponerse en marcha los «carnavales» electorales.
La oferta electoral neoliberal se mimetizará, obviamente, en candidaturas con discursos centristas, tratando nuevamente de enganchar a incautos. Habrá una enorme venta de ocasión y quizás reaparecerán, con nuevas pieles, viejos dinosaurios como Julio María Sanguinetti.
Sin embargo los dados parecen echados. Gente grande, de veras grande, se encuentra y lucha dentro de todo el espectro en que, a su vez, se divide la izquierda, y su visión de desarrollo deberá imponerse a la pasividad neoliberal suicida.
Los uruguayos ya tenemos la experiencia de un país fundido. Hay que esperar que el mercado de ilusiones que se armará no enganche a muchos distraídos. E incautos. *
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