Contrapunto: extremos que sí se tocaron
Estoy contento. Porque el objetivo de mis notas de opinión siempre ha sido el de despertar otras opiniones y enfoques controversiales. Convencido de que de esas controversias puedo salir enriquecido en la formación de mi pensamiento en proceso.
Y sobre todo en la interna del Frente Amplio pluralista y multiopinante en el que sigo creyendo.
Y las dos notas publicadas hasta la fecha, refiriéndose a la mía original, titulada «Gana el Frente, y después ¿qué?», cumplen con creces con mi objetivo (1)
Ante todo quiero contestar las afirmaciones de quien me endilga, en la segunda de ellas, «despistadas posiciones afines a las del extremismo maximalista», atribuyéndose el intento de alertar «al conjunto del movimiento popular por lo nocivo de este tipo de posturas», porque además, es el mismo «cantito» con el que se nos ha «ponderado» muy específicamente en el curso de 2003, desde medios de prensa escrita (El Observador, El País, Búsqueda) y televisiva (Canal 10,) de la derecha vernácula.
Como verá el compañero Saúl Correa, el «bumerán» que nos ha lanzado lo ha golpeado en la nuca: su opinión extrema de «izquierda centrada«, y las opiniones extremas de la recalcitrante derecha, mal que le pese, resultaron, pues, «extremos» que sí se tocaron.
No voy a perder el precioso espacio de esta nota en detallar mis «credenciales» como «creyente» y sobre todo «practicante» del Frente, desde su fundación hasta aquí.
Sólo, por si fuera necesario, ratificar, hoy y aquí, que sigo creyendo (y practicándolo en la diaria), en la validez de la extraordinaria herramienta que es el FA, hasta que los hechos me demostraren lo contrario, y ojalá que no, herramienta que se ha dado el pueblo, y que nadie tiene derecho a torcer en su fin superior, que es lo que me preocupa esencialmente.
Y es por eso que entiendo imprescindible agregar a los dos componentes incluidos por el compañero Correa en su nota, un tercer elemento fundamental, «sine qua non» cambios suficientes y transformaciones profundas. Los hombres que harán (o no) realidad, a través del manido y desprestigiado concepto de la «voluntad política», en el manejo de las herramientas, los cambios necesarios y las transformaciones profundas.
Para empezar, nadie, con una mínima formación político-ideológica, con inclusión de la imprescindible cuota de sentido común, puede pensar, y por lo tanto exigir, que, en seis meses, una fuerza política que recién acceda pueda cambiar el rostro apocalíptico que le ha impreso al país en forma acelerada el unicato político económico que se ha trazado EL partido político de la oligarquía en el poder.
Pero sí, a los seis meses, será ya dable visualizar para dónde apunta la profundidad, o no, de las medidas adoptadas y a adoptar, comprometidas en el inmediato, mediano y largo plazo. Y también es dable esperar, y aunque lo visualicemos como muy negativo, no debemos dejar de alertarlo, que muchos de los votos desideologizados, captados en medio de la debacle del país actual, sí esperan un milagro, y sin darle todo el tiempo del mundo, como se lo dieron al unicato rosado, se sumen a los viejos desgobernantes y noveles opositores, para expresar su urgente disconformidad.
No olvidarse, tampoco, de la legión de descreídos en el sistema político en general, que andan gritando a diario, para todo el que no se tape voluntariamente los oídos, que, ya ahora, y sin esperar el acceso de la NUEVA MAYORIA, «son todos iguales», y que ya hoy, tienen decidido «votar en blanco». Y del caudal preocupante de los trampeados votos en blanco del plebiscito reciente, pergeñados por la deslealtad de los Lacalle y los Lamorte, a los que se suman los anulados de los descreídos.
Nadie se plantea esperar milagros para el día siguiente de estar en el gobierno. Pero eso sí, que se deben poner sobre la mesa, con claridad meridiana, las medidas a aplicar, para «cambiar efectivamente el país» , que han sido el «leit-motiv» del FA fundacional y que continúan vigentes.
Pero tampoco es aceptable, persiguiendo la sombra de la «realidad complicada del país», (parecen palabras del gobierno…), desde el «pique», autoconvencerse con el «no se puede, por ahora». Primo hermano del «no se podrá». Y mucho menos, nutrirse de los «cucos» inventados desde siempre por la derecha, para terminar pidiéndole permiso hasta obtener su bendición, de lo que hay imprescindiblemente que hacer.
Es vox populi (que es vox Dei, según el recibido proverbio latino), que lo que un gobierno no se compromete a hacer en el primer año de gobierno, se convierte en «letra muerta». Por algo existe el examen de «los cien días».
No a los «milagros», también al «después veremos». Sí al «kitchnerismo» del arranque, desarmando mafias y neutralizando golpistas.
El FA, herramienta de cambio profundo, para el que fue concebido, será transgresor e irrespetuoso con los límites que intenten seguramente poner los poderosos de la derecha a su modelo, o no será.
Y si elige no ser, devendrá una especie de apocalipsis para todos aquellos que apostaron sus boletos a la «salida» dentro de los cánones con-sagrados por los tramposos mentores de esta tramposa demokracia (cada vez menos) participativa y tan ilusoria y hueca como el huevo de Pascua al que se refiere Saramago.
Tampoco será el FA fundacional, pluralista y respetuoso de todas las visiones internas, si algunos compañeros se empeñan en descalificar las opiniones no coincidentes, buscando acallar toda discrepancia, transformándose en complacientes pasajeros de la aplanadora oficialista que ya funciona, si sigue avasallando los derechos inalienables de las minorías disidentes, que han sido el diferenciador del FA respecto al funcionamiento del partido tradicional.
Y en el hipotético y no querido, pero lamentablemente, no imposible, caso en que se opte por seguir con esta ciega aplanadora, habrá que apartarse de su paso.
No quedaría otra. Por salud mental y protección física. *
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