Irak: terror y anarquía

Tal parece ser el resultado de casi diez meses de ocupación.

Una guerra ciega, desmedida y cruel, lanzada con el pretexto de combatir al terrorismo internacional y de instalar la libertad y las formas democráticas en un Estado totalitario, sólo logró uno de sus objetivos: derrocar al gobierno y capturar al ex jefe de Estado.

La historia se repite: los pueblos resisten la ocupación de tropas extranjeras aun cuando éstas se presenten como un ejército de liberación que acude para sacudir el yugo impuesto por un tirano. Es así que diariamente, la información internacional da cuenta de acciones de la resistencia iraquí que tienen en jaque a las fuerzas de ocupación.

Cuando ha transcurrido un lapso no desdeñable desde que el gobierno de Estados Unidos decretó el fin de la guerra en Irak, las hostilidades no han cesado y una resistencia sorda, pertinaz e impredecible no da tregua a las fuerzas de ocupación. Los ataques de la resistencia iraquí –verdaderas acciones de un «ejército de las sombras»– han causado más víctimas entre el ejército vencedor que las ocurridas durante la invasión.

La guerra relámpago llevada a cabo por las tropas aliadas angloestadounidenses –sustentada en la estrategia de la tierra arrasada– resultó fulminante, aniquiló toda resistencia convencional y terminó en la toma de la capital y la caída del gobierno de Saddam. La euforia y el triunfalismo desmedidos, la embriaguez de una victoria aparentemente fácil, hicieron creer al mundo –y especialmente a la opinión pública estadounidense– en la infalibilidad de una potencia que pretende dominar el globo y en la supremacía y superioridad de su cultura. Después de los atentados del 11 de setiembre de 2001, que dejaron al descubierto la vulnerabilidad de un imperio que sus súbditos creían invulnerable, el gobierno de Bush necesitaba imperativamente proceder a una demostración de fuerza. Una acción que le permitiera exhibir su enorme poderío tanto a los ojos del mundo (como forma de infundir temor y recobrar su prestigio) como hacia el interior del país.

La tímida oposición de la ONU a la invasión fue prontamente sepultada en virtud de los éxitos militares aplastantes, al tiempo que la popularidad de Bush entre sus conciudadanos aumentaba hasta niveles más que significativos.

No obstante, a medida que fue pasando el tiempo y no aparecían las famosas armas químicas cuya existencia no pudo ser comprobada por los expertos de ONU pero que la propaganda goebbeliana del gobierno de Bush supo convertir en bandera de justificación de la invasión, la resistencia iraquí comenzó a dar golpes esporádicos pero efectivos que, además de causar heridos y muertos en filas de las tropas de ocupación, han ido minando la moral de los soldados invasores.

La soberbia y la prepotencia fueron cediendo paso al dolor y la humillación cuando empezaron a llegar los ataúdes y el pueblo norteamericano pudo comprobar que la victoria adquiría un precio no calculado.

Más de una vez hemos dicho que no hay guerras justas pues todas las guerras son injustas si exceptuamos las de liberación, cuando el pueblo en armas se subleva contra un tirano o contra el dominio de un país extranjero. Las acciones de la resistencia iraquí están demostrando que los sufridos habitantes de la antigua Mesopotamia no están dispuestos a tolerar la presencia del imperio en su tierra; y que más allá del hecho indiscutible de que el de Saddam Hussein era un régimen tiránico, el pueblo rechaza de plano a sus supuestos liberadores. *

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