Lo que fue y lo que se viene
Es natural que desde tiendas nacionalistas se estén observando con expectativa las instancias electorales que se vienen, primero a través de las internas y después, en el mes de octubre, en las elecciones nacionales; y por eso, se acentúa la información y la referencia casi permanente a las encuestas.
Es que es mucho lo que se juega, y en ninguna otra colectividad tanto como entre los blancos, que vienen de muchas experiencias.
Es mucho sobre lo que esa mayoría blanca tendrá que reflexionar antes de emitir su voluntad ciudadana, lo que pasó y quiénes fueron los responsables durante una administración nacionalista, la que presidió el doctor Luis Alberto Lacalle y quienes lo rodearon, defendieron y apoyaron desde las más diversas posiciones y cargos, es decir «fueron» también gobierno.
Ahora parecen diluir el tono, hay más vocación «por la unidad», ya no es tan incómoda la posición de los que, en su momento y mucho antes que ahora, estuvieron en la vereda de enfrente marcando alguna discrepancia; será porque piensan que desde cerca puede ser más dulce la política del reparto.
Pero no es sobre las medidas de Lacalle que hoy queremos hablar. Sin duda algunos lo defenderán. No es preciso refrescarlo: el doctor Lacalle, lo hemos dicho, tuvo sus oportunidades, nada menos que la presidencia de la República, y hasta hace pocos días y después que se lo reclamó, primero Larrañaga, pero también muchas voces resonaron, este hidalgo ciudadano portador de tan ilustres apellidos entendió que su caballerosidad le reclamaba también un paso al costado y salir lanza en mano a librar la batalla, y así nomás renunció casi sin pensarlo, dejó la presidencia del Honorable y salió a hacer su discurso para lo que no se le puede desconocer derecho, junto a los que tuvieron espíritu de sacrificio para ocupar todo lo que se les ofrecía.
Pero no haríamos bien en ocuparnos aquí y ahora; para eso está el lacallismo. Pero además porque a ese discurso y actitudes, pensamos, respetuosamente, que no lo fuman ni en pito los blancos que más nos interesan, sino los que llamamos los del «silencio», medio protestadores e insurrectos, que muy de vez en cuando ocupan la silla de una sede partidaria, y que son, aunque a algún jerarca le provoquen cierta indigestión, porque la historia demuestra que esos son precisamente los que ganan, que sumaron en el 70% que impidió el remate de Antel y ahora, esta cómoda diferencia del Sí. Como para decir los blancos ya no dan pelota.
Parece increíble, desconociendo el esfuerzo y el mensaje de quienes clamaban, ojo, no es esta la oportunidad de juzgar al gobierno, pero ¡por favor! Tranquilos, nadie, y menos blancos, cometerán la omisión de olvidar esta gestión de gobierno; la tendremos bien presente, si hasta el doctor Lacalle reconoció su responsabilidad de apuntalar este mamarracho que la historia recogerá como «coalición» y no faltarán los maleducados que la recuerden, no sin cariño.
Pero abreviando, son muchísimos más los blancos que están orejeando para ver quién gana, y en consecuencia por quién están dispuestos a votar, o por quién no votarían.
Una modesta opinión personal pero que viene levantando polvo, parece fundamental que la responsabilidad recaiga en Jorge Larrañaga, por una doble razón: es imprescindible cambiar la conducción del partido, en el que se cultivó un personalismo; que provocó un divorcio enorme entre los «dotores» a los que aludía Saravia y la inmensa mayoría desconocida que cuando tuvo que expresarse, lo hizo a través de las urnas – pero además porque el país que hay que cambiar no tiene mejor interlocutor que Larrañaga- para lo que hay que hacer. Para lo que hay que construir y para dialogar en todos los ámbitos en los que existan posibilidades para instrumentar soluciones, para decirlo con relativa claridad, hay que ganarle a Lacalle. Lo cual ahora, no sólo no es una utopía sino que es viable.
Es, igualmente, la forma de devolver la confianza ante el tremendo descreimiento en el sistema político, lamentable, pero en buena medida merecido.
Hay políticos que cuando convocan, repelen. Nadie puede ser tan ingenuo que ese medio millón largo que hubo entre el sí y el no responde a una visión conceptual de lo bueno y malo sobre la Ley de Ancap. Por supuesto que hubo argumentos sólidos para la derogación, pero esos márgenes reflejan, además, una realidad que hay que revertir cuanto antes, y que se llama frustración, malo para la sociedad y hasta para la estabilidad de la democracia. Y esa frustración tiene dos pilares, ambos gravísimos, que son y se llaman miseria y corrupción.
Sí, porque en el Uruguay hay miseria y corrupción.
O se corrige, con dignidad, o podemos lamentarlo mucho. Hay mucha gente que la sigue pasando mal, que ya no da más para sobrevivir. Que razonablemente no puede creer, ni siquiera soñar.
Desconocer la miseria, se llama cobardía, por eso es muy importante la decisión política como juez de cada ciudadano. Para hacer la autocrítica, convengamos que gran parte de la publicidad sobre el referéndum, fue una mancha más para el sistema. Pero tuvimos, no hace tanto, tristes experiencias.
Esta tierra, capaz de parir a un ejemplar cívico de la talla de Barrios Amorín, nos convoca a seguir el camino –«primero, el país; después, el partido; por último, los hombres»–, y esto pasa por la política, en las internas y en las nacionales.
Hemos dicho por qué dentro de las propuestas que plantea el partido hacemos la opción por Larrañaga: porque no nos trasmite dudas, porque lo vemos trabajar de manera incansable, con sensibilidad en los temas parlamentarios; pero la responsabilidad de cambiar, primero el partido y desde el gobierno el país, no admite exclusiones.
No podemos eludir lo que antes dijimos, hay que limpiar, porque la corrupción existe. Está en los negociados, en las licitaciones dudosas, en las trabas a la Justicia.
En el miedo a la vigencia del derecho, a preservar la ley, para todos por igual.
Hay corrupción, en la desnutrición infantil que nos avergüenza, la hay en quienes ocultan sus antecedentes de mala política, en el desacato, consentido o disimulado, porque compromete el prestigio de las instituciones.
Si no hay coraje para afrontar, hasta abatir, la corrupción, en los gobernantes que desprestigian al país, en los que no cumplen o aplican la Constitución para que en los organismos de contralor estén representados todos los partidos. En el sistema financiero cuando retiene bienes de los ahorristas, en la violencia, en la decisión de tantos padres que mandan a sus hijos a la escuela para que tengan algo para comer antes que pensar en el aprendizaje..
Paz y felicidades en el año que comienza, sin dejar de luchar por las ideas y por los que no tienen fuerzas para defenderse. *
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