La impostergable reforma educativa

Se ha informado por estos días que a partir de marzo, el Consejo de Secundaria implementará la capacitación a distancia para profesores de matemática. Con ello se intenta paliar las deficiencias en la formación de un alto porcentaje de docentes –la mayoría del Interior del país– de dicha asignatura, que no han egresado de los institutos especializados.

El problema de la carencia de personal debidamente capacitado para la enseñanza de las matemáticas no es reciente sino que se remonta a varios decenios atrás. La proliferación de «academias particulares» dedicadas a adiestrar estudiantes para rendir un examen traumático es también un hecho de larga data. Ya entonces –desde los años cincuenta, aproximadamente– el alto índice de reprobación verificado en las pruebas de matemáticas de los estudiantes de Preparatorios (el equivalente a quinto y sexto años actuales) de Ingeniería, Ciencias Económicas o Arquitectura había llamado la atención de las autoridades de la enseñanza pública. Y era común que los jóvenes que ingresaban al segundo ciclo de Enseñanza Secundaria eligieran mayoritariamente las carreras de Medicina o Abogacía más que por vocación por el hecho de que entonces ninguna de ellas contaba con las temibles matemáticas en sus programas de estudio.

Cincuenta años más tarde, las matemáticas han sido incluidas en todas las orientaciones del segundo ciclo de Bachillerato, pero los problemas persisten. Escasean los profesores con sólida formación, sobre todo en cuestiones vinculadas con la didáctica, lo que se transforma en una deficiente labor pedagógica y en el consiguiente fracaso de los educandos a la hora de rendir la prueba correspondiente.

Durante la segunda administración del doctor Sanguinetti, el presidente del Codicen Germán Rama, basado en datos estadísticos, había advertido las graves carencias formativas que exhibían los jóvenes en dos áreas fundamentales: lengua y matemáticas. El jerarca impulsó con ahínco una más que polémica reforma educativa de resultados aún inciertos, que pretendía, entre otras cosas, revertir esa falla de nuestro sistema educativo.

Entendemos que más allá de las reformas de planes de estudio y de la necesaria revisión de los fines y objetivos que debe plantearse una política de estado para la enseñanza, es primordial fortalecer la formación de docentes tanto en calidad como en cantidad.

Es preciso, en primer lugar, rejerarquizar y redignificar la profesión. Maestros y profesores gozaban en otros tiempos de un merecido prestigio y del reconocimiento de la sociedad, algo que fue perdiéndose poco a poco paralelamente con la caída vergonzosa de sus estipendios; en los años cincuenta y sesenta, los funcionarios docentes percibían sueldos decorosos, lo que se ha revertido de manera escandalosa desde hace ya unos cuantos años, dictadura mediante.

No queremos decir con esto que por el mero hecho de estar bien remunerada, una profesión logre el respeto automático de la sociedad. Pero parece obvio señalar que en una civilización cuyo valor prioritario es el éxito económico, quienes tienen empleos mal remunerados serán percibidos como no exitosos y, por ende, indignos de respeto y mirados con cierto desdén.

La revalorización de la profesión docente es, pues, una de las metas que debe plantearse un gobierno popular dispuesto a realizar los cambios que la sociedad necesita. *

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