Reconstruir la patria devastada por el neoliberalismo
Los que llegaron a la escena política en mérito de ser «hijos de», «nietos de», gastando apellidos y tradiciones en la demolición de su despreciado «estado de bienestar», sangrando por la herida tras el desplante popular, reclaman un programa alternativo de gobierno. ¡Como si el pueblo no lo tuviera!
Ese programa de gobierno que ellos se niegan a ver, es justamente el reverso de la receta colonial que ellos disciplinadamente vienen aplicando desde hace cuarenta años. Ellos almuerzan en el círculo de Arribistas, Demagogos y Mercaderes, a adorar a San Mercado. A rendir culto a sus sacerdotes y grandes maestros, desde el contador Azzini a Végh Villegas. Su recetario recesivo y represivo ha despoblado el país. Ha expulsado a cientos de miles de trabajadores y productores de nuestra campaña. ¡Por desnutrición africanizaron la infancia en el país del ganado! Ha cerrado fábricas, ha vaciado bancos, burlado ahorristas en estafas reiteradas, década tras década… Han aplicado las recetas económicas que imponían los marines en Haití, Cuba, Nicaragua y Santo Domingo a principios del siglo XX. Impuestos al consumo, entrega de empresas públicas, trenes, carreteras, puertos . Endeudamiento forzoso destinado a exprimir los recursos productivos internos, encareciendo la vida de los ciudadanos, limitando el mercado interno para generar abundantes excedentes exportables.
Estas recetas coloniales que ellos llaman su «plan de gobierno», son justamente las que van a ser remplazadas por el plan alternativo de restauración nacional.
Sólo la no aplicación de todas estas recetas recesivas impuestas, la mayoría de ellas en el período de ocupación militar a que nos sometieron los «liberales del proceso», conforman un plan de gobierno. El «anti-plan» del menemismo y su versión oriental, el «lacayismo» (lacayismo de lacayo, aunque suene a lacallismo). Pero todo este plan de desmantelamiento productivo del país, de vaciamiento financiero, de corrupción de la economía, de desmotivación del trabajo y el talento nacionales, comenzó con aquel «primer adelantado de la miseria», periódicamente homenajeado en el círculo de ADM, el contador Azzini, con su famosa «reforma cambiaria y monetaria» de principios de la década del sesenta. Allí comienza el desmantelamiento de las defensas nacionales al trabajo y la producción. Se instala la venta libre de dólares, para fomentar la fuga irresponsable de capitales, medida coronada veinte años después por el ideólogo económico del proceso militar, Végh Villegas, con la aplicación de la devaluación programada, las famosas «tablitas», que explícita o implícitamente están vigentes hasta el presente, con periódicas estafas llamadas «rupturas de tablitas», «ajustes cambiarios», liquidadores de patrimonios e instigadores de cientos de suicidios de gente con honor y vergüenza.
Todo un programa es ya la no aplicación de este recetario de la miseria que padecemos desde hace cuatro décadas. Las medidas para sustituirlo por otro son claras y sencillas. Basta con tomar el camino y el ejemplo de los países en serio, como cualquier país europeo o los Estados Unidos. Darnos una estructura impositiva que fomente la capitalización y desaliente la especulación financiera. Esos estados saben orientar la inversión productiva mediante la política tributaria. Saben proteger sus industrias con aranceles, cuotas y condicionamientos de calidad que eviten que importadores inescrupulosos destruyan el esfuerzo y el trabajo nacional con productos de baja calidad, etc. Esos estados no permiten que cualquiera se lleve sus capitales impunemente del país. Esos estados se cuidan de los efectos corruptores del capitalismo, a veces con éxito y otras no tanto, pero con legislaciones rigurosas al efecto. Al Capone, al cual no se le pudieron cobrar los numerosos crímenes que cometieron sus sicarios, fue preso por defraudar al fisco en dos dólares… La mafia tenía abogados y buenos contadores, pero ¡los del Departamento del Tesoro eran mejores! ¡Y aquí Peirano fue dos veces ministro colorado! ¡Reunidos en sede del Partido Colorado, el émulo de Don Corleone y el nieto del ilustre patricio que fuera ejemplo de dignidad americana, nos anuncian que ellos tienen un programa conocido de gobierno! ¡El programa de «la familia»! ¡Como si no lo hubiésemos ya probado y sufrido!
¡Nuestro programa es justamente la reconstrucción de la patria destruida por su programa! ¡Recuperar la vergüenza nacional, imponer de una vez por todas, en el centenario de Masoller, «la dignidad arriba y el regocijo abajo»! *
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