Frente a un espejo que adelanta
¿Y qué quiere que le diga, vecino? Para serle sincero, cuando agarré el primer diario del año el viernes 2 de enero y empecé a mirar los titulares mientras me preparaba el mate (no con yerba de ayer secándose al sol como en el tango, pero casi), leí en primera página que el primer parto en España en el año 2004 se produjo exactamente cuando sonaban las campanas anunciando el advenimiento del año nuevo en el hospital de la localidad valenciana de Villajoyosa. Y que había sido una chancletita. Y que se llamaría Paula Ana.
El titular del diario me emocionó, porque siempre me sucede así cuando tengo noticias del triunfo de la vida, y un parto siempre es eso por sobre todo. La crónica decía que la niña pesó tres kilos seiscientos cincuenta gramos y comenzó a salir del vientre de su madre justo cuando el reloj de la Puerta del Sol madrileña tocaba los cuartos para las ya tradicionales 12 campanadas que todos esperan a lo largo y ancho de España, para dar rienda suelta al festejo, a los abrazos, aunque no así a los brindis porque los chatos de manzanilla y las tapas ya a esa hora están hace rato concelebradas.
Pero aquella página del diario decía otras cosas que, voy a serle sincero, me dejaron como si me hubiese estado mirando en un espejo que adelanta ¿vio? Usted se para ahí, frente a la luna del ropero y en vez de verse ahora, se ve después… ¿entiende? Y entonces el mate se me volvió más amargo que nunca. Claro está, como «los machos no lloran» le eché la culpa a «esa yerba barata que compré de oferta en el supermercado y que vaya a saber qué tiene en vez de yerba…».
Pero yo sabía que no era eso. Lo que me amargó la primera mateada del segundo día del año, lo que me hizo sentir como que el mate me quemaba la garganta y me caía como una especie de piedra en el estómago, fue leer que Paula Ana, la primera niña nacida en España en el año 2004, en la localidad valenciana de Villajoyosa, es hija de padres uruguayos. Su madre se llama Rossana Alejandra y de su padre no decía el nombre la noticia. Y no es difícil imaginar por qué Rossana y su compañero están en España y por qué Paula Ana nació allá y no aquí, donde debió ser. Y no es difícil tampoco imaginar la angustia y la alegría combinadas de abuelos, hermanos u otros que desde acá, a miles de kilómetros de distancia, estarán con el cuerpo aquí, vaya a saber en qué pueblo o en qué barrio, pero con el corazón allá, en esa localidad de Villajoyosa, que ni siquiera figura en la mayoría de los mapas publicados de España.
Y entonces uno, que ya está veterano, que sufrió entre otras cosas el exilio y vio también amanecer sus hijos en tierras extrañas, que se vino de nuevo al país con la ilusión de que nunca más aquello, hoy, tiene miedo de mirarse al espejo por las dudas que sea de esos que adelantan y al pararse enfrente se refleje su propia imagen en soledad absoluta, leyendo los diarios para enterarse si nació su nieto en alguna parte del planeta. Y, ¿qué quiere que le diga?, creo que la yerba después de todo no tenía nada que ver. *
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