Una política salarial perversa
Mientras las tarifas públicas sufren aumentos de entre cinco y siete por ciento, mientras los uruguayos van acostumbrándose poco a poco a remplazar la carne vacuna por sucedáneos diversos de precio más accesible, el gobierno decreta un aumento de las pasividades de dos por ciento.
Hay veces en que lo magro de un aumento lo vuelve inicuo y lo hace parecer más bien a una burla. Como con acierto escribe el periodista Nelson Díaz en nuestra edición de ayer, el incremento decretado para los pasivos parece inscribirse en el marco del «gobierno divertido» que prometió el doctor Batlle: «Esta vez la broma recayó sobre jubilados y pensionistas», señala Díaz en su informe.
Es que un aumento de veinte pesos mensuales para quienes perciben un ingreso de tres mil resulta a todas luces absolutamente insuficiente, irrisorio y, en definitiva, sublevante. Claro que es preciso tener en cuenta que el exiguo guarismo surge de un mecanismo de cálculo perverso sobre el índice medio de salarios. De lo cual puede fácilmente inferirse –o confirmarse– una brutal realidad de salarios sumergidos.
La gran masa de asalariados, que tiene ingresos fijos, es el segmento de la sociedad que sufre con más rigor los efectos devastadores de una conducción económica empecinada en seguir al pie de la letra las recetas neoliberales. Y estas recetas ya han demostrado –demasiado trágicamente– que no sólo promueven y estimulan la miseria de los más al propugnar un crecimiento injusto, sino que ni siquiera son capaces de generar crecimiento ni de afrontar las crisis con eficacia.
El irresponsable optimismo gubernamental exhibido durante la última reunión del año en ACDE, oportunidad en que con bombos y platillos se anunció el fin oficial de la recesión y un futuro venturoso para el año que se inicia, no parece tener demasiado asidero. En ese ágape se aseveró, entre otras cosas, que el PBI crecerá cinco por ciento; el superávit primario será de 3,2 por ciento; la inflación oscilará entre siete y nueve por ciento; crecerán las exportaciones y la producción industrial en el entorno de 15 por ciento; se crearán 50 mil puestos de trabajo y el salario real aumentará entre uno y dos por ciento.
Respecto de este último aspecto (el aumento del salario real), no se especificó cuál sería la base de cálculo para ese incremento; no se mencionó el salario de qué año se tomaría como punto de partida. Porque, en rigor, si tenemos en cuenta la pérdida salarial originada en la devaluación de 2002 y la consiguiente inflación, los salarios actuales deberían incrementarse en más de un cincuenta por ciento, ya que hablar de recuperación tomando como base el actual nivel de salarios, suena también como una burla amarga.
Y el asunto de los salarios no es un tema menor. Un nivel salarial bajo no sólo es injusto porque atenta contra el bienestar de la masa de asalariados y porque significa un acceso al consumo cada vez más restringido, sino que, además, implica la retracción del mercado interno y una recesión económica endémica.
En la nota de Nelson Díaz a que hacemos referencia al comienzo, un almacenero entrevistado ilustra esta realidad de un modo patético: «No se fijan en la marca sino en lo de menor costo, y llevan todo fraccionado; aunque no lo crea, estoy vendiendo hasta cien gramos de aceite».
Cada vez más uruguayos en el infraconsumo, mientras el gobierno sólo apuesta al crecimiento de las exportaciones, actividad ésta que genera poco empleo y no implica mejora visible en la calidad de vida de la población. *
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