Los extremos se tocan
Días atrás –y no es la primera vez– leíamos a un columnista de LA REPUBLICA explicitar con meridiana claridad el pensamiento de un sector de la izquierda y el movimiento popular que, aquí y en todas partes, se proclama «revolucionario»; y desde el vamos, condena y califica al que llama «zizagueo de mayorías dirigentes» del polo progresista, que adolecen en sus propuestas de un «descaecimiento revolucionario». Pone en el centro de un futuro accionar de un gobierno popular la lucha de clases. Hace referencia al gobierno montevideano y las malas consecuencias habidas en el relacionamiento con sus trabajadores. Descalifica los intentos de «nuclear» a los «perjudicados por el gobierno por encima de la lucha de clases». Y termina sosteniendo que quienes apostaron por un «FA que le haga la revolución» no esperarán, y tras los primeros seis meses (si no se da la «revolución») saldrán «todos a la calle, los que los apoyaron y los enemigos de siempre, en una rebelión popular, a prenderles fuego»…
¡Clarito! Y lo más triste y lo más probable, de tener un gobierno popular en 2005 encarando el arduo camino, es que esta circunstancia se produzca, porque los extremos se tocan. Ya en el Chile de Allende de los años 70, no sólo la derecha, la CIA y el imperio, sino los ultras maximalistas, coadyuvaron a la caída del gobierno popular dando paso a la dictadura pinochetista.
Como hombres de izquierda somos críticos a autocríticos, no creemos en un FA-EP perfecto, sin contradicciones y errores, pero hemos apostado una vida a posibilitar la conformación de un bloque popular alternativo, a una democracia sobre nuevas bases, y no podemos pasivamente aceptar sin combatir y alertar al conjunto del movimiento popular lo nocivo de este tipo de posturas, mínimas en su expresión de apoyatura popular pero con gran poder para enturbiar y trabar los avances, ya que, estratégicamente, en los hechos, resultan aliadas del adversario al que proclaman combatir.
Para nosotros, el ¿y después qué? tiene garantías por una larga y ya histórica elaboración de propuestas programáticas, por la estructura democrática de nuestra fuerza política (Comités de Base, Plenarios departamentales y nacionales, vida orgánica fluida y permanente, pluralismo, congresos nacionales ordinarios y extraordinarios…).
Y tenemos muy claro que los cambios y transformaciones que un gobierno popular emprenda tienen que tener en cuenta: 1) La realidad de la que se parte y 2) La herramienta política que operará los cambios.
La realidad nacional –punto de partida– no puede ser más complicada: aparato productivo de toda la agropecuaria en profunda crisis; sector industrial con más de 40 años de retroceso y desmantelamiento, índices de desempleo altísimos; salarios permanentemente en baja frente a los costos del diario vivir; endeudamiento externo en los más altos niveles históricos; notorias carencias e insuficiencia de recursos en la enseñanza; estructuras del sistema de salud resquebrajadas…
Y la herramienta política: podrá operar los cambios si es fuerte, coherente, disciplinada y unida. Si es capaz, más allá de los votos que la hagan acceder al gobierno, de gobernar con un creciente apoyo y participación de todo el entramado social (sindicatos, cooperativas en todas sus modalidades, trabajadores, productores agropecuarios, las industrias y todo el entorno que puede potenciarlas). En 2005 se puede (o no) llegar al gobierno. El paso siguiente, tener el poder, depende de su capacidad de articular una decisiva mayoría alineada en un mismo proyecto de país posible, debilitando –por tanto– las bases de sustentación del statu quo político tradicional (caudillismo, clientelismo, ignorancia, acomodo)… en el Estado, corrupción, contratos de obra ilegítimos, licitaciones truchas, desvío de recursos, desmantelamiento y/o enajenación del patrimonio y el capital social de los uruguayos.
Menuda tarea para darle un plazo de seis meses. ¡¡Con el carro del país empantanado, cuando necesitamos más y más gente que empuje, que sume, que participe, que haga crecer el bloque alternativo de poder, única garantía estratégica de avances, hacer planteos como los que comentábamos en la primera parte de esta nota, para nosotros, es un despiste total, es a priori ponerle palos a la rueda de un pesado carro que estamos dispuestos a hacerlo marchar.
Parecería que para algún sector ultradescreído de la capacidad de cambio de un gobierno liderado por el FA-EP y nuevos sectores sumados como Nueva Mayoría para los mismos sería clasista y revolucionario, ya de salida fijar un salario mínimo de $ 15.000, decretar una Reforma Agraria y una Reforma Urbana, nacionalizar la Banca y el Comercio Exterior, romper unilateralmente con el FMI… Para otros, derogar la Ley de Caducidad porque no nos gusta, es injusta e inhumana y consagra la desigualdad ante la Ley, por más que haya sido plebiscitada en su momento… ¿Y qué avance tendríamos? Modificaríamos la realidad en base a voluntarismo?
Y que no se nos tilde de reformistas, de débiles, de «no revolucionarios». Sin un sentido y un signo claramente positivo nada es posible. Si menoscabamos la esperanza, nada es posible. En el horizonte, siempre en la mente y en el corazón de nuestras luchas, estará siempre un país más justo y solidario, sin explotadores ni explotados. *
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