Comienza un año de lucha

Con motivo del fin de año –y como es ya costumbre– todos los medios de prensa recabaron la opinión de los uruguayos comunes y corrientes (la gente de a pie) sobre el año que expiraba y sobre las expectativas y anhelos que esperan se cumplan durante el que se inicia.

Resultó particularmente sintomático que la casi unanimidad de los encuestados manifestara como su máxima aspiración que en 2004 haya trabajo. Con toda sencillez, a la pregunta «¿qué espera para el año que comienza?», la gente respondió: «que tengamos trabajo».

Es que los niveles de desocupación alcanzados en los últimos dos años no tienen parangón en nuestra historia. Ni la famosa crisis del 29 ni el quiebre de la «tablita» de 1982 tuvieron los efectos catastróficos de las recetas neoliberales sobre la actividad económica. Las engañosas cifras oficiales no pueden ocultar el crecimiento alarmante de los uruguayos desempleados, a los que hay que sumar el empleo precario y la inestabilidad laboral que padecen demasiados compatriotas.

A tal punto ha llegado esta situación, que otros justos reclamos (como la recuperación salarial, por ejemplo) han sido relegados a un segundo plano frente al fantasma ominoso del desempleo. El mantenimiento de la fuente laboral ha pasado a ser la prioridad número uno en la masa de asalariados, y en aras de ello se han ido resignando reivindicaciones históricas.

El neoliberalismo pregonado desde los centros del poder económico del Norte desarrollado ha causado estragos en el aparato productivo del Sur en desarrollo. El modelo aperturista, concentrador y excluyente cerró fuentes de trabajo –especialmente fábricas– y ocasionó la pérdida de puestos laborales. Esto produjo no sólo que muchos quedaran sin trabajo sino que aquellos que pasan a integrar la Población Económicamente Activa y pretenden ingresar al mercado de trabajo vean frustradas sus expectativas y se enfrenten a la trágica alternativa de engrosar la masa de desocupados o emigrar buscando en otras tierras lo que la patria les niega.

Los rostros sonrientes de los gobernantes anunciando el fin de la recesión y el comienzo del crecimiento pretenden insuflar un optimismo falso en la población. Pero no será fácil. En primer lugar, porque ésta no está dispuesta a otorgar más crédito a quienes han demostrado incapacidad y negligencia para conducir al país por la buena senda; pero además, porque la apuesta gubernamental a la exportación como panacea no resolverá el drama de la desocupación ni de los salarios sumergidos. Ya sabemos que las recetas neoliberales –que apuntan a que el mercado se encargue de regular la distribución de la riqueza– en ningún caso produjeron el bienestar de las mayorías, sino que generaron más concentración y mayor marginación.

El año que comienza será un año de lucha. De lucha electoral sí, pero también de lucha para evitar que el gobierno continúe en su empecinamiento y se digne atender el clamor de toda la sociedad; que baje de su soberbia y preste atención a las propuestas concretas y sensatas de la oposición política y de las organizaciones sociales. *

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje