Los que no llegaron a la bandera
El recientemente concluido Congreso del Frente Amplio, que llevó el nombre de ese entrañable e inolvidable compañero y guía que fue Héctor Rodríguez, ha cerrado políticamente hablando un año muy peculiar, que había comenzado con la entrega ante la Corte Electoral de las casi 700.000 firmas que habilitaron la consulta popular acerca de la Ley N° 17.448 y que concluyó, categóricamente, con el clarísimo pronunciamiento ciudadano del domingo 7 de diciembre.
Este IV Congreso Extraordinario, que creemos será el que preceda a la victoria del EP-FA, ha sido bastante más que un saludable ejercicio democrático muy recomendable, por cierto, para las demás colectividades políticas uruguayas , una reafirmación de la madurez, firmeza, coherencia, practicidad y sensatez de esta fuerza política nacida en 1971, que está predestinada (para eso la creamos) para cambiar a favor de las grandes mayorías la vida política del Uruguay y que es heredera de las mejores tradiciones de lucha de la clase obrera, de los intelectuales y de todos los trabajadores, así como de los intentos anteriores por conformar lo que pretendió ser ya un frente de la izquierda, ya una unión popular. Y es precisamente en estos momentos en que al hacer balance de lo actuado, más allá de las lógicas expectativas y proyecciones para 2004, que aumentarán seguramente nuestras ansias de alcanzar el gobierno de la República el 31 de octubre, sin segunda vuelta, así como del necesario y merecido festejo por el trascendente triunfo alcanzado, se impone junto con la reflexión y la prudencia necesarias para evaluar adecuadamente, un recuerdo a todos aquellos que ayudaron a forjar esta formidable herramienta de cambios que es nuestra fuerza política y que no pudieron estar para celebrarlo.
Estoy pensando en tantas y tantos compañeros, que casi seguramente cometa la torpeza e injusticia de omitir, de no mencionar algunos seres inolvidables. Me consta que hubo muchos más, cuya colaboración anónima o, simplemente, por mí desconocida fue tan imprescindible como la de aquellos cuyos nombres estampo en esta nota.
Aún a riesgo de lo expresado, quiero dedicar, como si fuese también mía, esta victoria a todos aquellos que nos precedieron en la lucha, que nos enseñaron con su ejemplo y su inteligencia, que abrieron un camino donde sólo había piedras y escollos y que nos dejaron sin decirnos, porque no hacía falta la bandera para que la cuidáramos.
Los mismos que nos enseñaron que la mejor manera de cuidar una bandera es honrarla y que esto supone no arriarla nunca, morir por ella antes que resignarla o perderla en el camino y siempre, siempre, levantarla bien alta; porque el orgullo es altivo y ésta de izar banderas es de las pocas arrogancias permitidas a los luchadores que, por serlo, necesariamente deben ser humildes.
Entonces, para Aníbal Balbi, Hugo Heijo, Daniel Coll, Alba Niemann de Legnani, Dora Achenbach, Jorge Vidal, Omar Paitta, Juan P. Errandonea y tantos otros canarios queridos, por nacimiento o por adopción, vaya este humilde reconocimiento.
Para Armando Lena, Enrique Erro, Héctor y Alberto Altesor, Pedro Patrón, Luis Gómez, Hugo Licandro, Marcelo Scarone, Laura Aló de Dellacqua, Ismael y Juan Antonio Rubbo, Hugo Di Paola, el «chueco» Rodríguez Marichal, Alejo Feippe, el «Gordo» Raviolo, el «Pocho» Mancassola, Zulema Manrique, Hugo Manduré, Juan Pereyra, el «Tito» Rodríguez, Enrique Espínola, José Zanolli, Pedro Morales, Luis Larre Borges, Emilio Stic y Omar López entre tantos pacenses entrañables, también es este sencillo homenaje porque ellos también hicieron camino al andar.
Para los que no cité e hicieron tanto o más que ellos y todos nosotros, mi más profundo respeto y las disculpas del caso.
A los que leen esta nota, sólo les pido que recuerden que si permanecemos unidos, no habrá imposibles. *
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