Silencio del oligopolio mediático

El atentado sufrido por nuestro compañero de tareas Ricardo Gabito debe ser denunciado, sin vacilaciones, como un intento de amedrantamiento que toda la sociedad uruguaya rechaza con indignación y con firmeza.

Una luz de alerta se ha encendido para hacernos tomar conciencia de que existen, también en Uruguay, grupos de presión dispuestos a ejercerla de la forma más grosera, incluso con el medio extremo del lenguaje de las balas. De más está decir que repudiamos el hecho incivil, propio de métodos mafiosos, pero estamos convencidos de que no alcanza con el repudio. Creemos que la sociedad toda y especialmente las autoridades de gobierno deben responder de manera clara y contundente ante una práctica peligrosa y reñida con la convivencia pacífica en un estado de derecho regido por los principios de la democracia.

Por más que todos sepamos que en nuestro país tales formas de violencia contra periodistas son harto infrecuentes, el asunto reviste gravedad y no podemos restarle importancia. Porque más allá de la peripecia concreta vivida por Gabito, es la libertad informativa la que ha sido agraviada y se halla amenazada.

Sin embargo, no parecen percibirlo así algunos de los grandes medios de comunicación, que sin pudor alguno soslayaron el hecho: el atentado contra el periodista sencillamente no existió para los informativos de algunos canales (con la honrosa excepción de Canal 4), radios y prensa escrita que responden al establishment. Y esto es particularmente alarmante. Como con acierto escribió Ignacio Ramonet, el «cuarto poder», la «voz de los sin voz» en manos de las grandes empresas de oligopolio mediático ha ido resignando ese papel fundamental y primordial de investigación y de denuncia. Una maraña tenebrosa de complicidades e implicancias con el poder (económico y político) y con los poderosos, ha llevado a que la prensa dejara de actuar como el contrapoder defensor de los ciudadanos y se convirtiera en un poder suplementario, aliado a los otros, para aplastar a quienes debería defender.

Al ningunear el cobarde atentado, el poder mediático demuestra no sólo su complacencia con el poder político sino, además, su connivencia con los grupos que, al margen de la legalidad y de la moral, ejercen un poder paralelo y pretenden controlar todos sus resortes. Volviendo a Ramonet, vale la pena transcribir su análisis de la situación de la prensa en Venezuela, porque –de no producirse un cambio radical– la «gran prensa» uruguaya puede terminar cumpliendo el mismo papel.

Dice el director de Le Monde Diplomatique: «El caso venezolano es paradigmático de la nueva situación internacional en la cual grupos mediáticos enfurecidos asumen abiertamente su nueva función de perros guardianes del orden económico establecido, y su nuevo estatuto de poder antipopular y anticiudadano. Estos grandes grupos no sólo se asumen como poder mediático sino que constituyen sobre todo el brazo ideológico de la mundialización».

Ese oligopolio mediático es la contracara del periodismo independiente y comprometido con la información del pueblo. Por eso le disgusta (y teme) que haya periodistas valientes, dispuestos a investigar y a informar a los ciudadanos. *

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