Batlle sigue hablando

Cómo es posible que un presidente de la República, en este caso el doctor Jorge Batlle, no tenga asesores de imagen o compañeros de su Partido, que le sugieran detener su verborragia? ¿Es que su entorno está conformado por enemigos que solo buscan su desprestigio? Si es así, debemos reconocer que están logrando su cometido, pues a Batlle le está pasando lo peor que le puede ocurrir a un primer mandatario: cubrirse de ridículo.

El reguero de declaraciones que ha realizado le ha creado problemas políticos, a él y al país, siendo objeto de controversias internacionales que determinaron, como el caso de Cuba, el rompimiento de relaciones diplomáticas; y, como ocurrió con Argentina, primero un lagrimeante pedido de disculpas ante la prensa del mundo (que nos avergonzó a todos), y luego una histórica reculada cuando en su nombre habló el doctor Carlos Ramela.

En este último affaire la ruptura de relaciones sobrevoló el Río de la Plata, pues el irascible presidente Néstor Kirchner no pudo soportar que, luego de establecer claramente que no le era grato a su gobierno que se nombrara a un marino torturador y presunto asesino de dos ciudadanos argentinos, Batlle igualmente lo designó. Una decisión inconducente, absurda, quizás aconsejada por algún ignoto «halcón desplumado», que en un lenguaje más criollo deberíamos denominar de otra manera.

¿Qué pretendía Batlle? Que el gobierno argentino aceptara semejante «bofetada», como muy bien tituló LA REPUBLICA, al consignar la información. Objetivamente tal cosa era inadmisible y los servicios «técnicos» de la Cancillería, suponemos, habrán advertido a quien correspondiera que el horno no estaba para bollos y que la ruptura era prácticamente un hecho.

Según la versión existente, sólo la buena actitud de los cancilleres Opertti y Bielsa, y su capacidad de negociación, logró que el presidente argentino reviera su decisión de retirar el embajador. Claro, las cosas volvieron a su cauce luego que el gobierno argentino recibiera de la cancillería uruguaya las seguridades de que las declaraciones de Carlos Ramela fueron hechas a título personal y que el marino Craigdallie no cruzaría el charco.

Y Batlle luego de esto, sin importarle los revolcones sufridos, volvió al ataque. Haciendo pie en todas las propuestas que obtuvieron votaciones en contra en el Congreso del Frente Amplio, tildó de «fascistas» a algunas de ellas, justamente las que caducaron de hecho en la reunión del último fin de semana. El presidente, sin poder afirmarse en ninguna de las resoluciones del Congreso, se basó para su diatriba en las minoritarias, acusando además al doctor Tabaré Vázquez de no dar a conocer su plan de gobierno, cuando nadie puede saber en qué estado quedará el país. Recordemos que quedan quince meses de este gobierno, tan imprevisible como negativo. Mientras hasta el FMI está preocupado por el «carnaval» electoral que posiblemente comencemos a vivir en el país dentro de unos meses y que podrá terminar en cualquier cosa, Batlle le reclama a Vázquez que defina medidas.

¿Quizás se conformara con un discurso como el suyo, realizado en el día de su asunción, en que enumeró una larga serie de postulados que no cumplió? Ni siquiera su caballito de batalla, la Comisión para la Paz, que debió dejar cosas por el camino ante el hermetismo de la nostalgia militar. El gobierno aparece mal aconsejado por sus laderos, Sanguinetti y Lacalle, que siguen realizando -ante la realidad que muestran las empresas encuestadoras- un juego de espejos con esa ex cúpula nostálgica, como si en las circunstancias que se avecinan fuera posible mantener el poder a través de grupos mesiánicos.

Los mismos que hoy muestran una caducidad totalmente alejada de 1a realidad. *

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