El desafío de la generación emergente

«No somos ni industriales ni navegantes y la Europa nos proveerá por largos siglos de sus artefactos en cambio de nuestras materias primas». Así sintetizaba Sarmiento la quintaesencia del pensamiento liberal colonial decimonónico.

Agentes del comercio inglés, los liberales de entonces anarquizaron el continente durante un siglo, nos balcanizaron e inscribieron en la «división internacional del trabajo», como monoproductores proveedores del mercado internacional dominado por Inglaterra. Una guerra de conquista organizada por los liberales, financiada por la banca inglesa, nos asoló durante noventa años. Comenzó con la derrota artiguista, que significó la eliminación del noventa por ciento de la población oriental a manos del mismo ejército inglés que venciera a Napoleón en Europa venido bajo bandera portuguesa.

El holocausto americano terminaría en el Paraguay. Solano López antes de ser degollado dijo: «Muero con mi Patria». Y era cierto: de los 800.000 paraguayos que había antes de la guerra, sólo quedaron 94.000, de los cuales sólo poco más del 7% eran hombres…

Será la tarea de la generación del 900 hacer que el Estado recupere la conducción económica del país. Luis Alberto de Herrera, hijo de los vencidos, y José Batlle y Ordóñez, hijo de los vencedores, serán las cabezas representativas del esfuerzo de reorganización social y de reconstrucción económica, dentro del marco político heredado. La patria vieja había muerto de hemorragia, pero del aluvión gringo y de la tradición oral de los sobrevivientes, surgió este hombre americano que hoy somos.

Durante la primera mitad del siglo XX nos industrializamos, recuperamos nuestro mercado interno. Sólo nos faltó llegar a recuperar la unidad americana perdida tras la anarquía liberal del siglo anterior. El siglo XXI nos encuentra en una situación parecida a la de la generación del 900. La segunda mitad del siglo XX nos trajo una ofensiva liberal que instigó la guerra civil, corrompiendo nuestros ejércitos, volviendo a colonizarnos comercialmente, destruyendo nuestras industrias y sumiéndonos en la miseria. En un intento de retrotraernos al papel de productores de materias primas baratas hicieron de nuestras ciudades grandes bazares cosmopolitas para lujo y boato de la clase vinculada al comercio exterior.

Este modelo liberal importador expulsa al noventa por ciento de la población al exilio o a la desesperante miseria. La guerra social, instalada entre nosotros, es mecha encendida de futuras discordias civiles.

Desactivar esta máquina infernal, montada para destruir a las naciones americanas, es el desafío de esta generación emergente.

Nuestra generación, la de los sobrevivientes a la anarquía liberal del siglo que nos precedió, debe reconstruir la Patria perdida. Hoy el pensamiento americano comienza a recuperarse. Una Argentina parcialmente desmantelada por los liberales en su capacidad industrial, pero con un potencial de recuperación acorde a sus infinitos recursos naturales. Sólo necesita liberar su genio creador para recuperar su potencialidad. Un Brasil que supo mantenerse a salvo del planteo antiindustrial liberal, encarna las esperanzas de un continente.

Ciertamente, estamos en mejores condiciones para enfrentar la reconstrucción americana que la generación del 900. Depende de nuestra capacidad para levantar las miras, desembarazándonos de los ominosos legados de la guerra civil. Seguramente el recambio generacional enterrará viejos rencores y alumbrará nuevas esperanzas de vida.

Al viejo planteo de indefección política y económica, a los redivivos Sarmientos, a la parálisis cerebral de la clase política liberal, diremos con el Pepe Artigas: «Nada podemos esperar sino de nosotros mismos». *

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje