Elocuencia de las encuestas
Se conocieron el fin de semana los resultados de encuestas de intención de voto –correspondientes a diciembre– efectuadas por diversas empresas de opinión pública.
Independientemente de algunas diferencias, todas confirman el predominio incontrastable de las fuerzas progresistas, ubicadas a gran distancia de los partidos tradicionales, al punto de que ambas colectividades sumadas no alcanzan los guarismos del Encuentro Progresista; éste, por otra parte, parece inamovible en su piso de alrededor de cincuenta por ciento de las preferencias del electorado.
Las compulsas de opinión también confirman el desplazamiento del Partido Colorado a un lejano tercer lugar, hecho sin precedentes en la historia del país, y que se explica por el descrédito en que ha caído dicho partido, visualizado –no sin razón– como el principal responsable de los desaciertos del gobierno actual.
La otra colectividad histórica, otrora rival del coloradismo y desde hace unos años hermanada en un connubio cogubernamental, ocupa el segundo lugar y aspira a disputar el balotaje con la Nueva Mayoría.
Sin embargo, esta ubicación del nacionalismo no significa, por el momento, que se haya recuperado de la pérdida de su caudal electoral verificado en la elección anterior, cuando llegó al tercer lugar y exhortó a sus adeptos a votar por Batlle en la segunda vuelta de noviembre de 1999. En efecto, si bien el Partido Nacional está mejor ubicado que el Partido Colorado, las cifras indican que la masa ciudadana dispuesta a votarlo no supera el veinte por ciento, porcentaje similar al obtenido en 1999.
No quedan dudas, pues, de que es el Partido Colorado el que más sufre las consecuencias de la pésima administración de Jorge Batlle.
El liderazgo aparentemente inconmovible del doctor Julio María Sanguinetti no sólo no es suficiente como para atraer nuevos electores sino ni siquiera para conservar el electorado que lo apoyó en octubre de 1999.
El desgaste producido por casi veinte años de coparticipación, cogobierno o gobernabilidad se hace patente en las cifras de las encuestas: la ciudadanía va perdiendo la confianza en los partidos tradicionales y no está dispuesta a seguir apostando alternativamente a uno u otro, pues ya ha tenido suficientes pruebas de que ambas colectividades están agotadas y no ofrecen opciones de cambio verdadero. Por eso, paralelamente al descrédito de los partidos tradicionales, la izquierda ha venido ganando espacios y aumentando su caudal electoral.
Por último, podemos advertir que las cifras aportadas por las encuestas también confirman la visión de que el resultado del referéndum del 7 de diciembre, más que un pronunciamiento contra la norma en cuestión, fue un «voto castigo» al gobierno y, por ende, a la dirigencia anquilosada de dos partidos que condujeron al país a la peor crisis de su historia.
Aferrados a las recetas nefastas del neoliberalismo, colorados y blancos comparten por igual la responsabilidad de una conducción política sin imaginación, sin audacia y demasiado sumisa a los dictados de los centros de poder económico. *
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