La reculada de don Pancho
En política no se pueden dejar «cachones». Y después de un espléndido gol en «contra» de antología, lo más aconsejable es «retirarse» por una temporadita. Si se sigue saliendo en cuanto informativo o crónica hay, por más explicaciones que se den, se agranda la «plasta». El doctor perogrullo lo sabía. Es obvio que después de la «chingada» del plebiscito de Ancap por el NO, sus defensores embretados muchos por haber integrado la comisión creadora de la ley de marras adoptaron diversas actitudes bastante lógicas.
Hubo quien dejó en libertad a su gente, caso de Alianza Nacional y oficialmente como movimiento adoptó un perfil bajo al no estar muy convencidos y señaló el costo evidentemente oneroso e inoportuno de una elección para un estado fundido como el nuestro. Es una posición prudente, típica de un honesto administrador del erario.
El lacallismo al igual que Julio María y su Foro, se jugaron a fondo y dieron la cara.
A Julio María le fue «como la mona». Y después de la elección, con alguna escueta y aislada declaración, hizo lo más sabio. Se fue para la casa a «lamerse las heridas» y callarse la boca.
Lacalle, en cambio, a quien la derecha más recalcada ya sea por su estructura muy compacta, su pertinacia «laburante» reconocida o por lo que sea lo apoya, siguió dando la cara y enfrentando las consecuencias. Es obvio que discrepo con él pero, nobleza obliga, hay que reconocerle que no se asusta y guapea. Tiene su respetable mérito. ¡Horroroso, pero mérito al fin! Lo espantoso para futuras políticas personales vino después. Don Pancho para nosotros, «Panchito» para los íntimos, fue sin duda el que siguió de cerca a Lacalle en declaraciones y entrevistas. Es evidente que le estaba compitiendo, sin perjuicio de sus profundas convicciones «petroleras» sobre la ley, el espacio partidario más conservador y recalcitrante (periódico «caganchero» incluido, por cierto).
Hasta acá, macanudo. Se podían adoptar las dos posiciones. Una, irse pa’ las casas a tomar mate hasta que pasase la tormenta. La otra, como el «Tigre Millán, con hondo barbijo en su cara roja» facón en mano, dar la cara y pelear.
¡Para qué somos blancos, carajo! ¡Pero no! Se optó por la censura al ministro de Defensa para «fumigar» las «emanaciones» del NO plebiscitado, distrayendo la atención pública.
Y en principio, no estaba mal pensado. «El bueno» de Yamandú estaba contra las cuerdas. El Frente votaba la censura. Y hay blancos que también la votaban.
Podían hasta caer las Cámaras en teoría ¡Para lo que sirven! ¡Nadie las lloraría salvo sus contertulios! ¡Todo venía fenómeno! ¡Pero las gallinitas a último momento no pusieron! ¡Qué calentura debe tener Aparicio en la tumba! ¡Don Pancho: no se puede jamás, después de amenazar ir pa’ delante, sentarse en los cuadriles!
¡No hay explicación que valga! Si tenía reparos en «voltear» un gobierno «leproso» no hubiese «roncado» con la censura. ¿Quién lo aconseja? ¿A quién convence con la explicación que le dio Fau sobre el reencuentro con los «ignorados»?
No me cuente que se lo creyó. ¡La empeora! Haedo, un sabio filósofo político, decía que hacer política es como andar en bicicleta. Si se para de pedalear, se cae y se liga un porrazo. Es la razón histórica más realista por la que el «viejo» Herrera, que le sobraban redaños, corrió a «chancletazos» a los «doctores» principistas blancos independientes. ¡La historia se repite! Los blancos, don Pancho, en el acierto o el error, van siempre pa’ delante! ¡Nunca pa’ atrás! ¿A quién protege?
A un gobierno a corto plazo fijo para suerte de todos. ¿O hay otros temores?
¡No se hubiese largado! La prudencia tiene ojos de virtud. Si no se sabe andar en bicicleta, es preferible un triciclo o monopatín. Nadie se cae hasta crecer y poder aprender el oficio. ¡Lo siento! ¡Pero tengo que decirlo! Como blanco se me atragantó en el «garguero» ver en TV la despedida «comprensiva y piadosa» del Ministerio por el muy colorado y agradecido Yamandú Fau.
¡Recibió el mejor regalo de Navidad! *
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