Increíble argumentación

Muchas veces para comprender una frase hay que releerla varias veces. Eso es lo que les ocurrió a muchos lectores del matutino «El Observador», que en su edición de ayer, página 2, dice textualmente: «La pujanza ordenada con que Uruguay salvó una de las peores crisis de su historia se traducirá el año próximo en el retorno del crecimiento económico y en una mejora de todos los indicadores principales, incluyendo la vital generación de nuevos empleos, según reveló el equipo económico del gobierno».

Que funcionarios de este gobierno presidido por el doctor Jorge Batlle sostengan tal cosa y nadie –como ocurrió en la reunión de la Asociación de Dirigentes de Marketing (ADM)– los contradiga, es un sarcasmo insoportable. Que el ministro Alfie, el director de la OPP, Davrieux, y el presidente del Banco Central, De Brun, sostengan en público tal concepto, es difícil de digerir, ni siquiera en un almuerzo de esas características.

Todos estos integrantes del equipo económico esconden lo que nadie debería olvidar. Que la crisis, que tuvo su punto culminante en el desastre del sistema financiero ocurrido el año pasado, comenzó en 1999, cuando el doctor Julio María Sanguinetti y su ministro de Economía, Luis Mosca, a quien se sumó en la oportunidad el personaje que se repite gobierno tras gobierno, el director de la OPP, mirando la realidad desde una soberbia infinita, resolvieron «no hacer nada» en respuesta a la drástica devaluación de Brasil.

No adoptaron medida alguna, ni siquiera cuando se enfrentaron a la contingencia de que los precios relativos en relación con el principal comprador de nuestra producción se habían modificado drásticamente en contra de Uruguay.

No intentaron absolutamente nada. Hicieron la plancha sin reconocer que las reglas del juego se habían modificado de un día para el otro, afectando a los productores de una cantidad de rubros.

El país dejó de crecer. Mosca y Davrieux, coincidentes en el superortodoxo esquema de los ciclos económicos, impulsaron la quietud apostando a que Brasil perdería las ventajas competitivas fruto de la devaluación, en razón de un imparable proceso inflacionario que nunca ocurrió.

Luego llegó el gobierno de Jorge Batlle, apareció un Alberto Bensión, más ortodoxo que su antecesor, lo que es mucho decir. En el primer año de gestión, con el país en plena recesión, al gobierno sólo se le ocurrió impulsar una ley de ajuste fiscal. Ninguna medida para reactivar nada, ni para hacer más competitivo al país.

Sólo hacer la plancha, mientras la pobreza seguía ganando a la sociedad, multiplicándose el desempleo y la marginación.

Cuando se le pedían cuentas al ministro, sacaba a relucir la misma política de los ciclos, indicando que ya se produciría el «rebote» y que se revertiría la tendencia recesiva. Los anuncios de Bensión nunca se cumplieron, cuando el país llegó, a fines del 2001, al paroxismo de la crisis argentina que tuvo su influencia en la banca uruguaya. No vale la pena analizar nuevamente lo ocurrido en 2002, cuando –gracias a torpezas insólitas, a las que se sumaron desfalcos bancarios de «amigos» de la casa– se consolidó una brutal caída que está determinando hoy que casi un millón de uruguayos vivan por debajo de la línea de la pobreza y que 6 de cada 10 niños de 0 a 5 años, se encuentren en la indigencia.

Por ello, el comienzo de la frase que leímos al principio, que habla de «la pujanza ordenada con que Uruguay salvó una de las peores crisis», lo debemos leer y releer, para intentar desechar cualquier posible equivocación.

Luego de hacerlo, seguimos estando sorprendidos por la falta de reacción de un auditorio que, seguramente ocupado en los placeres gastronómicos, no debió escuchar la disparatada argumentación de los integrantes del equipo económico. *

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