Elogios sospechosos
El editorial de El Observador de ayer, miércoles 17, se deshace en elogios al fundador del Frente Amplio y ex presidente de esa fuerza, general Líber Seregni, con motivo de su retiro de la vida política.
Más allá de algunos cuestionamientos y críticas que desde filas frentistas se le han hecho, la emblemática figura del viejo conductor del Frente es un referente ineludible en la historia reciente y particularmente en la historia de los partidos de la izquierda uruguaya.
Su trayectoria y su compromiso con las causas populares, su firme defensa del estado de derecho y su capacidad de aglutinar la heterogeneidad de las fuerzas políticas que conformaron el Frente Amplio como herramienta de cambio de la sociedad, todo eso borra –o al menos minimiza– las discrepancias que algunas de sus posturas (sobre todo en los últimos años de su liderazgo) generaron en el conglomerado.
Por lo expuesto, llaman la atención las melifluas consideraciones del editorial de referencia, pretendiendo promover una imagen del general que desdibuja su trayectoria y lo deja casi al margen de su fuerza política. «Seregni no vaciló en buscar puntos de contacto en temas donde dirigentes y fuerzas políticas no hacían otra cosa que tirarse piedras», afirma el editorialista, como si otras figuras del propio Frente –siguiendo la consigna de Raúl Sendic de llegar a un «Frente Grande»– no buscaran, también, acuerdos para ensanchar la base de las fuerzas del cambio.
Más adelante sugiere que otras fuerzas frentistas sigan el ejemplo de Seregni: (Es necesario) «que más sectores del Frente Amplio asuman la visión conceptual (modernización eficiente y solidaria del país bajo las reglas del estado de derecho y de las formas democráticas) y, más aun, el talante dialoguista y aperturista de su líder histórico».
Es cierto que el rumbo político del general Seregni (a partir de mediados del decenio pasado) lo condujo hacia posiciones cercanas al centro y lo convirtió en una de las figuras emblemáticas –junto al conductor de Asamblea Uruguay, Danilo Astori– de lo que ha dado en llamarse «la izquierda moderada». Pero ello para nada implica que el general Seregni ni el senador Astori hayan renunciado a los postulados esenciales que se hallan en la base de la constitución del Frente Amplio y en su razón de ser.
Pero, además, ¿no ha sido, acaso, la del diálogo y la apertura, la postura tradicional de la mayría de la izquierda uruguaya? ¿Puede reducirse la propuesta progresista a «modernizar el país de manera eficiente y solidaria»? ¿Alguna vez estuvo en tela de juicio el respeto por el «estado de derecho y las formas democráticas»?
Entonces, a no dejarse engatusar por los cantos de sirena de la derecha, que no busca otra cosa que limitar el alcance del programa progresista ante la –aparentemente inevitable– victoria electoral de octubre de 2004.
Que no otra cosa son estos sospechosos elogios. *
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