La Cumbre de Presidentes como plebiscito

La palabra plebiscito está tomada aquí como consulta, como resultado de una opción, como la demarcación de una preferencia.

En este caso, la respuesta, la opción y la preferencia la marcaron los presidentes y también los periodistas.

Cuando las autoridades de los países amigos del Mercosur muestran su preferencia por los líderes de la izquierda, están formulando, de manera implícita pero elocuente, un mensaje muy fácil de decodificar.

Y esta simpatía con la que los gobiernos amigos de la región -los flamantes y legítimos presidentes de Argentina y Brasil, sobre todo- ven a la izquierda y el progresismo uruguayo es un hecho político de gran relevancia.

Un episodio de otro alcance pero también representativo ocurrió con los reporteros de la prensa nacional y extranjera que cubrían la información política y diplomática: el azar quiso que en forma simultánea se convocara a dos conferencias de prensa. Una, la del presidente Batlle con Mariano Rajoy, líder de las derechas en el gobierno del Estado Español.

Y el plebiscito de los periodistas también se pronunció por lo nuevo y lo alentador del nuevo liderazgo latinoamericano: la de Batlle se tuvo que anular, mientras una muchedumbre se apiñaba alrededor de Lula y de Kirchner.

Pocas veces en la historia de la región se ha dado una situación de este tipo.

Es más, durante muchos decenios la existencia de regímenes militares de derecha y ultraderecha tanto en Brasil como en Argentina operaban como un muro de contención virtual para los avances políticos en Uruguay.

Y a veces no se trataba de una mera presencia disuasoria sino de intromisiones y amenazas directas como las que se desarrollaron en la década del 60 y principios de los 70, durante los gobiernos de Juan Carlos Onganía en Argentina y Garrastazú Médici en Brasil.

Ahora, bien se ha dicho: «otros vientos soplan en nuestra América latina, y en nuestra región».

Pero los uruguayos ni hemos estado ni estamos cómodamente instalados en la pasividad, a la espera de tales vientos favorables.

También por nuestra parte, hemos contribuido a desatar y abrirle camino a esos vientos.

Nos hemos sumado a nuestra manera a la gran batalla latinoamericana contra la dependencia y el neoliberalismo.

La simpatía hacia el progresismo uruguayo expresada a viva voz por los demás presidentes de la región es no sólo el resultado de afinidades y trazos ideológicos históricamente parecidos.

La victoria simbólica de la izquierda en la jornada diplomática del martes 16 es, entre otras cosas, una de las tantas repercusiones de la otra victoria, la expresión democrática del pueblo uruguayo obtenida el domingo 7, en la histórica y aplastante votación por la papeleta rosada.

Todo parece indicar que los vientos progresistas seguirán soplando por estos pagos.

La campaña por la derogación de la ley fue larga y poblada de avatares, en los que no faltaron los pronósticos sombríos: que las firmas no se alcanzarían; que lo indecisos se estaban inclinando a favor del gobierno, y todo lo demás.

En las últimas semanas de noviembre, cuando la avalancha era incontenible, se sumaron nuevas voluntades sin que eso necesariamente naciera a partir de definiciones o señales emitidas por los líderes locales.

Muchos dirigentes del movimiento contra la Ley 17.448 han dicho que, si la campaña duraba unos días más, el margen a favor de la papeleta rosada hubiera sido mayor.

Todo parece indicar que el proceso de descomposición político-electoral de los partidos tradicionales no se detendrá en los próximos meses.

Por el contrario, es de prever que un número creciente de dirigentes y militantes no comprometidos con las cúpulas sigan en octubre el camino indicado por los electores el día domingo 7 de diciembre.

Como lo demostró la Cumbre de Montevideo, para ese jalón contamos con una circunstancia regional excepcionalmente favorable. *

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