Nuevas realidades
Balotaje es crecimiento, crecimiento es balotaje.
Sería necesario esculpir la frase anterior, en letras góticas, sobre el frontispicio de cualquier imaginaria Sede Central de la Izquierda uruguaya.
Si bien la reforma constitucional de 1996 facilitó el camino del balotaje abriendo las tranqueras de par en par y regalándole inmejorables condiciones polítcias y de disfraz a la derecha, lo estratégicamente cierto es que a partir del triple empate de noviembre de 1994, Uruguay entró definitivamente por el camino tan anteriormente anunciado del bipartidismo real. Todo lo demás, hasta ahora, es trabajo de parto.
Ya lo decía, entre muchos otros, don Carlos Quijano: En Uruguay existen realmente dos partidos: el del cambio y el del statu quo.
Mientras el crecimiento de la izquierda, fuera por los motivos que fuera, no se produjera hasta niveles tales que amenazara conquistar el Poder Ejecutivo, el partido del statu quo seguiría presentándose camuflado en dos.
Pero cuando dicho crecimiento llegara (1994), los disfraces volarían en alarma.
«Cosas veredes, Sancho»
Con balotaje constitucional o sin él, habría y habrá, como hubo, balotajes para todo gusto.
Balotajes variopintos: blancos votando a Batlle o a Tabaré como en noviembre del 99, colorados votando a blancos como en San José, blancos a colorados como en Canelones, y frenteamplistas a blancos o a colorados como en Colonia, Artigas o Rocha…
Porque los dos partidos reales no están todavía definitivamente constituidos, ni debidamente alineados.
Es la cruda e inapelable realidad del crecimiento, construida por el trabajo militante a lo largo de los años, la que precipita estas definiciones.
Al fin de cuentas el asunto es sencillo como una paloma.
Casi todas las cosas grandes son sencillas y hasta simples pero desprenden consecuencias a veces incalculables.
No se crece impunemente
En la izquierda no hemos sacado las debidas cuentas, fecundas y nutridas, de esa sencillez fundamental: crecimos y no nos lo van a perdonar.
La cantidad, por lo menos en el crecimiento, llega en cierto momento a transformarse en calidad o a generar calidades nuevas. Y por lo tanto a necesitar y requerir ideas nuevas. No podemos seguir manejando y concibiendo nuestra táctica y nuestra estrategia con los elementos y herramientas, valiosas para su etapa e inservibles ahora para los tiempos que esas mismas herramientas alumbraron.
Una de las cosas peores, y más estúpidas, que le pueden suceder a un general es no percatarse de que ganó una batalla, o una campaña, en el marco de su guerra y, por lo tanto, seguir por una guerra equivocada.
Menos podemos aún pretender organizarnos, coordinarnos y dirigirnos con fuerzas tan acrecidas, con los estilos, mentalidades y sistemas de «cuando éramos chicos».
Las piernas peludas del Frente Amplio, grandulón, corpulento y barbudo, en sus botas de siete leguas, rompieron las costuras del pantalón cortito. El tirador único nos cuelga inútil y doliente.
Aunque haya sido muy lindo, no podemos seguir corriendo panaderos con el cucurucho en la mano. Se nos acabó el tiempo de tomar la cocoa: el Frente Amplio debe adecuar sus estructuras a nivel departamental y nacional.
Al mismo tiempo, porque ambas tareas son inseparables, componen dos caras de una misma moneda, los frenteamplistas debemos reflexionar serena y profundamente en torno a los nuevos desafíos estratégicos y tácticos: ahora tenemos que ser la mayoría a nivel local, departamental y nacional.
* Senador del MPP
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