La cháchara tediosa como respuesta a los reclamos
o existe nada más grave para la institucionalidad democrática bien entendida y mejor ejercitada que, como sistema, se transforme en un cuerpo herméticamente cerrado e impermeable a los auténticos requerimientos sociales de una mayoría deliberadamente desconocida y menospreciada a la cual –memorizando textos oficiales– se les responde solicitando tiempo para dialogar, otro para consultar y, como no, más para evaluar.
Así se instrumenta una fingida plática controversial simulando la búsqueda de solución avenida a un problema puntual mediante la utilización de unos conocidos predicadores de feria que, con voz ronca, hueca y tronante, nos amonestan para persuadirnos de nuestros vicios y defectos.
Cuando las cámaras y los micrófonos nos han saturado en caliente, que como en la buenas soluciones químicas es la más rápida, y se corrompen las oraciones recitadas, los sustituyen por otros diablos de segunda que son, eso sí, consumados salmistas.
Y aparecen inexpresivos y pétreos ministros que ensayan la liturgia esta vez con voz seráfica derramando alabanzas al sistema que nos está matando, pero con una monotonía y cadencia exasperantes en una verdadera monserga fastidiosa.
Un buen rosario de desdichas no debe olvidar mencionar los conceptos de endeudamiento, financiamiento y rentabilidad, rebajas en estudio, objetivos logrados, problemas del sector, competitividad, evasión, democracia, estrategia de desarrollo, créditos blandos, futuras líneas de acción, diálogo franco, mayores controles, auditorías surtidas y algo más de democracia que nunca está de más.
Estos funcionarios que destina todo gobierno para despachar a los difuntos sacan buen partido de su oficio porque cuando les llega la hora del limón exprimido, son catapultados a bien remunerados cargos en organismos internacionales y, si fueron eficaces en sus rezos cotidianos, pueden aspirar a honrosas embajadas.
Mientras tanto, amos y servidores fingen creer que nos han convencido de que los uruguayos somos unos pésimos administradores de nuestros excelentes sueldos y jubilaciones.
Estos dignatarios del fundamentalismo económico no son más que serviles incapaces de resolver ningún conflicto social sin recurrir al uso de la fuerza prepotente, que no es otra cosa que la paz imperial o abuso del poder.
Como resultado de la despiadada situación que padecemos –vale recordar que son mínimas las actividades económicas rentables– nos queda la enorme distancia social que la minoría gobernante ha profundizado con respecto a la mayoría de sus gobernados que, a pesar de su lucha, parece incapaz de superar su incertidumbre ante la mala noche que se nos vino.
Por su parte, quienes sembraron estos vientos dejan traslucir su impotencia ante la crisis provocada que, por su profundidad y extensión, se ha vuelto intolerable y explosiva porque la impaciencia que nos domina exige una inmediata acción efectiva en lugar de la frívola cháchara cotidiana.
El gobierno, así cerrado en falso e impenetrable a los líquidos sociales, se reclina en la dejadez haciéndonos sentir abandondados y enfrentados a la paradoja de los dos problemas: los que carecen de solución y los que nunca se solucionan, con lo cual se aleja del Estado democrático para retroceder al Estado de derecho.
* Ex magistrado judicial
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