Las tribulaciones de la democracia en América

l famoso libro de Alexis de Tocqueville, publicado entre 1835 y 1840, mantiene a pesar del siglo y medio largo transcurrido, una vigencia permanente como punto de arranque para reflexionar acerca de la democracia y en el contexto de condiciones la veía este agudo pensador francés de origen aristocrático.

La reflexión es permitente ya que hace alrededor de quince años, cuando en varios países de la región los regímenes dictatoriales dejaban paso a una nueva institucionalidad, se reabrió en América Latina un amplio debate acerca de la democracia y sus potencialidades creadoras.

Y no faltaron quienes, desde una lógica marcada muy fuertemente por elementos de «oportunidad», pretendieron endilgarle a la izquierda una responsabilidad en el proceso de vaciamiento de las instituciones y advenimiento de los regímenes autoritarios.

Quince años después, nuestro subcontinente exhibe el dato interesante del mantenimiento de cierta continuidad democrática, si por tal se entiende la convocatoria regular a elecciones.

A la vez, el ciclo entero parece haber transcurrido, en el plano económico y social, signado por la aplicación de análogas políticas fraguadas sobre la matriz de las concepciones del neoliberalismo. De un extremo al otro de la región.

De mismo modo, el agravamiento sin precedentes de la crisis social coloca nuevamente la cuestión de la democracia en una dimensión integral, que trasciende la mera directiva instrumental o formalista de la convocatoria a elecciones, reelecciones o re-reelecciones.

El cuadro entonces de la estabilidad institucional y la solidez de las instituciones democráticas plantea  de un extremo al otro de la región–las mismas aprensiones.

En su análisis inicial, el propio Alexis de Tocqueville examinaba la cuestión de la democracia ligada a la cuestión de la igualdad, como lo recuerda Atilio Borón en un trabajo reciente, » la tradición teórica liberal de los siglos XVII y XVIII concebía al ciudadano en su abstracción jurídica, como una partícula atomizada de la vida estatal cuyos derechos y garantías se constituían con independencia de las condiciones sociales concretas de los individuos».

Tocqueville, por el contrario, en su indagación llegó entre otras cosas a la conclusión de que «los formalismos democráticos son letra muerta si no se asientan sobre una condición generalizada de igualdad. Por lo tanto, la libertad política, la tolerancia y el pluralismo difícilmente pueden echar raíces en un suelo que no se haya desembarazado de remanentes aristocráticos y jerarquizantes.»

Las añejas reflexiones del observador francés del siglo XIX tienen plena vigencia hoy, en esta América Latina de democracia recobrada y creciente extensión de las más irritantes desigualdades sociales.

Cualquiera que examine el panorama político de la región registrará la multitud de «indicios pánicos» que rodean a las instituciones democráticas.

Dejemos de lado la gravísima situación de Colombia con una cruenta guerra civil en pleno desarrollo.

En Ecuador, la aplicación de las políticas del FMI llevaron, hace apenas unos meses, a la destitución del presidente electo primero, al desarrollo creciente de la protesta social y étnica y una tentativa grave del golpe de Estado.

La situación «democrática» en el Perú ha llevado a una suerte de callejón sin salida, donde la intransigencia de Fujimori y sus aliados en las Fuerzas Armadas se ven enfrentada al conjunto de los partidos de la oposición y donde las instituciones de la democracia política han sido absolutamente desvirtuadas por una camarilla que controla el poder físico (burocrático, militar, policial) y el poder mediático.

Esa situación avanza hacia una mayor confrontación con fuertes componentes de violencia y autoritarismo.

También en Bolivia, el presidente Hugo Banzer se enfrenta, con violencia creciente (e inútil) a la protesta de obreros, estudiantes y campesinos que paralizan al país, cortan las carreteras y los suministros a las ciudades y enfrentan a unas fuerzas armadas que en el curso de las operaciones se insubordinan y adhieren a las demandas de los huelguistas.

En menor grado, la realidad argentina muestra también signo de ir acumulando en su interior una cantidad creciente de material explosivo.

Las mismas recetas producen en todas partes resultados similares. Las recetas del neoliberalismo desgarran la estructura social de las naciones del Tercer Mundo y desde sus heridas es la propia democracia la que pierde fuerza y credibilidad.

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