El FA en el gobierno: ¿y después, qué?
Esta es una pregunta coyunturalmente fundamental, y que como tal, debe ser respondida ahora, habida cuenta del inminente Congreso, y de la gran probabilidad que tiene el FA, según una sucesión de datos de encuestadoras aparentemente serias, de acceder al gobierno. Da la primera impresión de que todas, al mismo tiempo, no se pueden equivocar. Y el resultado del referéndum, aunque tomándolo con la necesaria cautela, y sin extrapolaciones mecánicas, parece apuntar a lo mismo Algunos compañeros, convencidos del triunfo y de la vital necesidad del mismo, apuntan desaprensivamente al «a ganar y después veremos qué hacemos».
Pero en la hipótesis del triunfo, desde el 1º de marzo de 2005, se abren interrogantes muy importantes que hacen al futuro del país, y por lo tanto al de su población, que es en definitiva, lo que importa.
Hay dos opciones muy claras, a partir de la hipótesis del triunfo:
1- El FA, se «camufla» dentro del sistema político «permitido» por la derecha, y trata de administrar la crisis, sin quebrantar las reglas non sanctas de los poderosos, escritas con sangre sudor y lágrimas de la clase trabajadora, lo que significará, sin levante, un corto vuelo y un defraudar las expectativas de la gente, que quedaría así, muerta su última esperanza, indefensa dentro de esta vacía y tramposa democracia.
2- El FA asume el rol de cambiar las estructuras perversas del sistema perverso, a que se ha comprometido, desde su fundación, y por ser ese su único «leit-motiv», aunque veamos cada vez con menos convencimiento de sus mayorías dirigentes, a juzgar por el zigzagueo de algunas decisiones de cúpula y el descaecimiento «revolucionario» de sus propuestas, en aras de sumar votos de los moderados uruguayos, que tal parecen ser mayoría..
Para intentar esto segundo, única vía válida de sobrevivencia política, para no caer en el fracaso inevitable señalado en la primera vía, deberá tener en cuenta algunas premisas que son casi (y sin casi), como los mandamientos políticos que marca la sociología política
-No olvidar que la «lucha de clases» no es un invento marxista «pa´engañar a la afición», sino una ley inexorable que muestra con total crudeza y realismo lo que la historia recoge objetivamente.
-Llegar a pensar que la antinomia «opresores-oprimidos» se puede resolver en un seminario, donde estando «las partes» presentes, se pueda llegar a consensuar el futuro trato igualitario y por lo tanto humanizado, sería un error de ingenuidad o al menos un síntoma inequívoco de debilidad. Cada vez que los privilegios de los poderosos estuvieron algo en peligro, ellos se encargaron de pedir el «break» boxístico, aprovechando el tiempo para recobrar el aliento, y de paso, golpear en el «clinch» sin soltar al contrincante, por debajo del cinturón que delimita la zona peligrosa.
Por lo tanto, deberá desactivar desde ya esos intentos de nuclear a los «perjudicados por el gobierno» por encima de las fronteras de la lucha de clases, so pena de generar una «alianza» artificial, contra natura y de muy corta duración (Véase la conducta de los «perjudicados- no clase obrera» en el reciente intento llamado Concertación para el Crecimiento).
Una política conciliadora en tal sentido es tan irrisoria e irreal como poner juntos en un corral a los conocidos lobos y ovejas de la famosa metáfora.
Es una verdad absoluta y por tanto innegable que el capitalismo se basa en la apropiación del mayor valor producido por unos, por parte de otros. Toda otra idea que se aparte de esta realidad entra en el campo de la ficción y lleva a conclusiones erróneas.
-La idea de una Central de Trabajadores políticamente dependiente y alineada con el gobierno, aun con el del FA, debe descartarse como felizmente inviable. Ningún movimiento de trabajadores puede enajenar sus derechos en las manos de un gobierno, por más promesas y apariencias de «progresismo» que éste le haga. Siempre habrá un lógico margen de diferencia de enfoque y de conquistas por las que pelear. Por las dudas, miremos las dificultades (de alguna manera hay que llamarlas), del gobierno frentista de Montevideo, y las malas consecuencias de las desavenencias habidas en el campo del relacionamiento con sus trabajadores.
La única posibilidad que tiene un gobierno de lograr el apoyo de la clase obrera es cumpliendo con los postulados de defensa que la clase esgrime.
-El FA en el gobierno no se puede convertir en otro vendedor de ilusiones, buscando mantener la alienación histórica de los trabajadores.
Tiene que contribuir a su liberación, a través de fortalecer su capacidad de pensar, de su conciencia existencial con derecho supremo a ser libres, y como tal, forjadores plenos y conscientes de su propio destino, sustituyendo al hombre-mercancía del capitalismo por el hombre-persona.
-El FA en el gobierno no puede ser, como han hecho los partidos tradicionales, el cínico propagandista de la proclama hueca de respeto a libertades y derechos que sólo prefiguran en el papel. Y que se borran de un plumazo apenas aparecen riesgos mínimos de pérdida de privilegios por parte de la oligarquía enquistada en el poder.
Esas normas que tienen reglamentados casuísticamente los «delitos» de los pobres, pero no han llegado aún a definir los abusos de los ricos, en aplicación de aquella vieja y conveniente (para ellos), tramoya de que «no existe delincuente si no se ha tipificado el delito».
-El FA en el gobierno deberá ser necesariamente transgresor, no quedándose en el intento sino cambiando efectivamente las reglas de juego que marcan las relaciones de poder, y si no, no será.
Porque todos aquellos que han alienado su necesaria participación de sus luchas personales en la apuesta por un FA que «le haga la revolución», no esperarán el tiempo extremadamente largo que han concedido por siempre a la burguesía. En los primeros seis meses se verán las patas a la sota. Y «guay» con que la gente visualice que su última expectativa se ha convertido en fraude.
Entonces saldrán todos a la calle, los que lo apoyaron y los enemigos de siempre, mancomunados en una rebelión «popular» contra «un gobierno más», a prenderle fuego.
A tenerlo en cuenta, quienes tendrán la responsabilidad de decidir, más temprano que tarde, los pasos a seguir.
No habrá concesiones ni habrá tiempo de espera para debilidades
Y , «muerta la última esperanza», pacífica y pacificadora, quedará abierta única y definitivamente, como única salida, la vía revolucionaria.
Y a tenerla clara, que en caso de defección y defraudación de expectativas, estaremos lejos de los defraudadores y más que siempre con los defraudados. *
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