Cuidado, comendadores….

A finales de la dictadura militar, Ramón Díaz, director de Búsqueda, desafió públicamente al general Borad, en ese entonces Presidente del Directorio de Ancap, a justificar la existencia del Ente y de su monopolio. Fue la exteriorización de esa puja permanente entre los liberales y los militares nacionalistas que signa nuestra tragedia nacional.

Valientemente, dicho funcionario militar dijo que la defensa del monopolio de alcoholes era una cuestión de salud pública elemental. Y otro argumento de peso que dio fue que Ancap brindaba al país, a todas las Intendencias y al Ministerio de Obras Públicas, el asfalto necesario para las obras viales a precios de costo, y que ello no era posible exigírselo a la actividad privada.

Dentro del partido militar, hubo gente con vergüenza que resistió a las directivas liberales de los civiles del proceso. Virtud de que carecen las cúpulas partidarias rosadas. El 6 de diciembre de 1992, los orientales enfrentaron la primera gran ofensiva liberal privatizadora; fue el referéndum por Antel. El Presidente era Lacalle. Obedeciendo a la vieja tradición riverista, Sanguinetti –que había permanecido mudo durante toda la campaña de dicho referéndum– se pronuncia y se pone al frente de la misma, con aquella famosa frase: «No vender las joyas de la abuela». Y digo tradición riverista, porque lo mismo hizo Rivera, soldado de los portugueses que ocupaban la Banda Oriental, al ver el inminente triunfo de la Cruzada Libertadora encabezada por Lavalleja y Oribe: se les pone a las órdenes, cambia su perdón por las caballadas que pone a disposición de los libertadores y se les incorpora, en el famoso «abrazo del Monzón», para algún tiempo después, traicionarlos, imponiendo la solución inglesa y la segregación de la Banda Oriental de la unidad federal rioplatense.

Siendo impuesto candidato presidencial para las elecciones de 1994, Sanguinetti se valió del plebiscito del 92 para ganar la confianza de los orientales como defensor del patrimonio nacional, haciendo posible el retorno de su partido al poder, destronando a Lacalle y su facción. ¡Esta es la tradición de las traiciones permanentes a la voluntad popular que los orientales acabamos de enterrar para siempre!

Once años después vuelven a la carga los privatizadores. Si Antel no se privatizaba, desaparecía, quedaba fuera de la historia, sería desalojada del mercado, etc. Lo mismo repitieron para Ancap, si no «se asociaba», inevitablemente desaparecería, etc.

En esta instancia trataron de embarullar a la gente, haciéndole decir por no y a embanderarse con los colores de la coalición rosa que nos desgobierna.

Mentiras de todo calibre mediante, cientos de miles de dólares dilapidados por sus «sponsors» y hasta por el propio ente en disputa, Ancap, el cual, usado como bien partidario, financió alguna propaganda por la opción privatizadora.

Pero, más allá de las viejas tradiciones partidarias, hay una sola tradición que los orientales veneran: la independencia que da ser dueños de su propio patrimonio. Y ello supera todas las traiciones partidarias y todas las tradiciones. Por segunda vez en once años los orientales enfrentaron a los ideólogos del desprecio. A la soberbia de los viejos y nuevos unitarios que, encaramados en el poder del Estado, lo han usado como bien de familia. Si de algo estamos seguros los orientales es de que si nuestras empresas tienen algunos problemas se debe a estos mismos que hace once años no cejan en demolerlas por dentro para desprestigiarlas públicamente, convirtiéndolas en entes recaudadores de impuestos encubiertos para satisfacer los intereses de la usura internacional.

Si Ancap ha hecho negocios ruinosos, ha tenido una deplorable política de compra de combustibles, se ha desprendido del sector cañero y alcoholero desvirtuando sus fundamentos, ha sido por voluntad política de sus directores.

Este segundo referéndum en defensa del patrimonio nacional, de la soberanía económica de un pequeño país obligado a elegir entre la integración regional o la desintegración nacional, es un verdadero «sosegate» a la mentada «clase política». Y esto vale para todos aquellos que tratan de hacer buena letra con los gringos, con vistas a promoverse como relevos a los gobernadores locales.

En esa tesitura están todos aquellos que aceptaron burlar la Constitución Nacional salteándose el artículo 188 en lo que respecta a la admisión de capitales privados en las empresas públicas.

O la del 216: «No se incluirán en los presupuestos ni en las leyes de Rendición de Cuentas, disposiciones cuya vigencia exceda la del mandato de Gobierno ni aquellas que no se refieran exclusivamente a su interpretación o ejecución».

Como no podemos aceptar que todas estas flagrantes omisiones se produjeron por inopia de los legisladores, debemos creer que fue a designio. Como «el que calla otorga», el pueblo debió pronunciarse categóricamente, descalificando a los malos representantes.

Fuente Ovejuna se ha pronunciado. «Cuidado, Comendadores»… *

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