Por el país productivo

No acallados todavía los ecos de la reciente campaña plebiscitaria, donde estaba en juego el destino productivo del país, se ha dado casi inmediatamente un paso en Colonia en sentido concreto y propositivo –como otros innumerables que habrá que dar en todo el país–, intentando el rescate de lo que fue en su momento, y puede volver a serlo, nervio motor de la generación de producción y trabajo para aquel departamento. En efecto, el Banco República y dos bancos particulares adquirieron en subasta pública la propiedad del predio, instalaciones y maquinarias de la textil Sudamtex, fábrica emblemática, no sólo de aquel departamento sino también del país entero. Así como tantas otras de Montevideo y del resto del Uruguay.

La adquisición la hicieron pues los acreedores hipotecarios y prendarios ejecutantes de la antigua empresa, en primer lugar de los cuales el BROU, por montos reducidos, tanto para los padrones como para las maquinarias, en la línea de lo acordado con el sindicato en la búsqueda de alternativas para la reapertura de la planta, incluyendo la posibilidad de compra por parte de empresarios extranjeros con llegada a mercados internacionales, para asegurar luego la continuidad de la reapertura. A tales efectos es de destacar que empresarios uruguayos y argentinos, presentes en el remate, e interesados en algunas de las máquinas, desistieron de ofertar en aras de posibilitar las gestiones del sindicato con los otros y a los efectos de mantener intacta la fábrica y todas sus instalaciones.

Según informa LA REPUBLICA del miércoles10, página 14, el BROU y el Citibank compraron, por un millón 500 mil dólares, cuatro padrones, y el banco Sudameris, por 350 mil dólares, parte de la maquinaria. Es decir, los acreedores, cumplidas todas las instancias correspondientes, adquirieron en el remate la titularidad del dominio sobre los bienes, incluidos todos los derechos inherentes al mismo, como es el de disponer de ellos. Lo cual se hará de conformidad con los trabajadores, cuando se concrete lo de los empresarios interesados en la reactivación. Parece un esfuerzo importante de conjunción del interés público con el privado.

La dualidad de criterio del BROU

La sucesión de actos que venimos relatando deberían ser los habituales para llevar adelante los esfuerzos de poner en marcha nuevamente las fábricas cerradas, sobre las cuales pesan gravámenes, hipotecarios y/o prendarios, y que son objeto de los esfuerzos de los trabajadores empeñados en buscar y construir espacios de diálogo con posibles inversores para reabrirlas, incluso con posibilidades de reconversión y propuestas de cogestión. En ese sentido, el BROU debería tener un rol determinante. Estamos hablando de una propuesta programática a asumir por quienes quieran realmente un país productivo y generador de empleo.

No ha sido así en algún otro caso. En el año 1996, el BROU, acreedor hipotecario y prendario del ingenio azucarero de Arinsa, en Soriano, no cumplió con la instancia de la ejecución hipotecaria y prendaria, cediendo el crédito a un empresario local por la irrisoria suma de un millón de dólares, de los cuales el cesionario pagó (no está comprobado) solamente 200 mil dólares. Sin remate, licitación o cualquier otro mecanismo transparente para la adjudicación de un crédito de muchos millones de dólares. El mismo BROU de Rodríguez Batlle. Todo ello luego de un proceso iniciado en la dictadura –cuyos colaboradores burocráticos civiles del BROU le cortaron los créditos a la empresa–, continuado y terminado luego en democracia, con las promesas incumplidas de algunos políticos y la permanente hostilidad de Jorge Batlle, determinante a la hora de rechazar en el Senado el informe de la Comisión Especial que planteó alternativas para la reapertura, incluyendo su absorción por Ancap. Puesto que una de ellas, la más importante, era la elaboración de combustible renovable alternativo, a partir del azúcar, sorgo dulce e incluso la colza. Algo similar a la experiencia que está haciendo hoy la Intendencia de Paysandú con el biodiesel.

El triste final del ingenio azucarero –por cuya utilización en un nuevo contexto energético trabajamos durante años– fue su desguace. El anuncio de instalación de un «polígono industrial» o algo por el estilo, fue el señuelo con que se pretendió adornar lo que fue realmente un regalo a un empresario afín al partido en el gobierno. Ahora, si se va a estudiar en serio la matriz energética, tendrán que tomarse en cuenta también los ingenios achatarrados por la epidemia neoliberal, desparramados a lo largo y ancho del país. Que así sea, por el país productivo. *

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