El crecimiento de la izquierda
El referéndum del pasado domingo 7 de diciembre marcará otro hito en la historia política del país.
Las opiniones de autorizados analistas y politólogos son coincidentes en señalar que a partir del resultado del acto electoral, el mapa político uruguayo sufre una variación sustancial por cuanto el aluvión de votos rosados viene a confirmar de manera objetiva lo que las encuestas de opinión están señalando desde hace ya un tiempo: el descrédito del gobierno, de la clase dirigente y de los sectores de los partidos tradicionales responsables de la pésima conducción de los asuntos de gobierno.
Dos ex presidentes, figuras relevantes y líderes de sus respectivos partidos, lograron, con su alineamiento en la vanguardia de la defensa de la Ley de Ancap, precisamente lo opuesto a su propósito, es decir que la población rechazara la ley por una abrumadora mayoría. Y no sólo eso: también abonaron –sin proponérselo– el terreno para que se desarrolle con más vigor aun el desgaste y el descrédito que sufren ante la población. El descalabro del Partido Colorado –un partido demasiado habituado a manejar todos los resortes del poder y del Estado y que actualmente se ubica en un lejano tercer lugar en las preferencias del electorado– no tiene precedentes en la historia. Incluso cuando en noviembre de 1958, en una votación histórica, el Partido Nacional lo desplazó del gobierno después de casi un siglo, el partido de la Defensa, que sólo conservó el gobierno municipal de Artigas, sufrió una derrota, es cierto, pero esa derrota no significó más que un traspié inevitable en todo régimen bipartidista como lo era el nuestro hasta la irrupción del Frente Amplio en la vida política del país.
Por ello, el hecho de que la vieja colectividad de Rivera ocupe el tercer lugar en la intención de voto de los ciudadanos implica un cambio sustancial en el mapa político del Uruguay.
Las opiniones de los especialistas también coinciden en señalar que el resultado del domingo pasado no debe interpretarse mecánicamente ni trasladarse automáticamente a las elecciones generales del año próximo, puesto que el triunfo de la papeleta rosada no debe atribuirse exclusivamente a la militancia frentista: hubo connotadas figuras de los partidos tradicionales que adhirieron con entusiasmo a la derogación de la Ley y que nadie supone que abandonarán sus respectivos lemas partidarios. No obstante, a nadie escapa que el resultado del referéndum ha operado como un espaldarazo a la fuerza política que impulsó sin vacilaciones la consulta popular junto a la Comisión de Defensa de Ancap.
El editorial de El Observador de ayer apunta en ese mismo sentido al expresar que el resultado del referéndum confirma «lo que las encuestas de opinión están señalando desde hace tiempo: el EP-FA tiene a esta altura un piso de votación muy cercano al 50% del electorado». Sostiene el editorialista que el crecimiento de esa fuerza política es un fenómeno que viene verificándose desde 1985 y que se ve reforzado por la crisis económica que atraviesa el país; pero advierte, con buen criterio, que el crecimiento señalado «trasciende las coyunturas económicas: creció durante el boom de la década de 1990 y ha seguido creciendo durante la depresión de los últimos cuatro años. Responde a causas mucho más profundas que el aumento del desempleo o la caída del salario real». Aunque no se aventura a decir cuáles son esas causas profundas, puede fácilmente colegirse que entre ellas ocupa un lugar importante el desgaste de los partidos tradicionales y el descrédito de su dirigencia.
Pero más allá de ese desgaste, importa resaltar que si las fuerzas progresistas crecieron durante el boom de los noventa, es decir a pesar de la coyuntura económica favorable, queda perfectamente claro –aunque El Observador se niegue a reconocerlo– que la bonanza económica neoliberal sólo se reflejó en los indicadores macroeconómicos y favoreció a muy pocos, mientras las grandes mayorías eran desplazadas hacia el subconsumo y la marginación. *
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