La contundencia de las cifras

En nuestro editorial de ayer, lunes 8, escrito antes de conocerse los resultados definitivos de la votación, apuntamos que se habían confirmado los vaticinios, predicciones o pronósticos de las empresas encuestadoras o de medición de la opinión pública.

En términos generales, ello es así. No obstante, no parece ocioso resaltar que, en rigor, el apoyo a la derogación de la Ley de Asociación de Ancap superó por amplio margen todos los pronósticos, incluso aquellos que sugerían los guarismos más altos a favor del voto rosado. La propuesta favorable a la derogación de la Ley 17.446 fue respaldada por más del sesenta y dos por ciento de los votos válidos, lo que representa nada menos que una «mayoría especial» de tres quintos como la que se requiere en el Parlamento para la aprobación de ciertas leyes. No fue el caso del referéndum contra la Ley de Caducidad, oportunidad en que la norma fue ratificada por mayoría simple; ni menos el plebiscito de 1996, que introdujo el balotaje, aprobado por escasísimo margen.

El porcentaje de adhesión a la papeleta rosada fue incluso superior al rechazo que obtuvo el proyecto de reforma constitucional de la dictadura en noviembre de 1980; y sólo el pronunciamiento contra la privatización de Antel, en diciembre de 1992, contó con un apoyo mayor.

Por tanto, del resultado del domingo no puede inferirse que el país esté dividido. No se trata de una sociedad dividida en dos, como pudo verse después del referendo contra la Ley de Caducidad o del plebiscito de 1996: el pasado domingo 7 de diciembre, una «mayoría especial» de más de tres quintos de ciudadanos se pronunció categóricamente contra todo intento privatizador y reafirmó su voluntad de que las empresas públicas se mantengan bajo control del Estado.

La magnitud de estas cifras viene a legitimar de manera más que contundente el rechazo a una norma en la que la población personificó la irresponsabilidad del gobierno y sus aliados. Y las reflexiones de analistas diversos coinciden en atribuir el aluvión de votos rosados a la voluntad popular de expresar su más profundo y terminante rechazo a las políticas que desde la salida de la dictadura han impulsado colorados y blancos, con las honrosas excepciones ya conocidas, y que nos han sumido en la peor crisis de la historia.

Pero esa abrumadora ola rosada adquiere especial significación y valor si tenemos en cuenta el papel desempeñado por los medios masivos –escritos y audiovisuales– que responden al establishment. Una vez más, fue notorio el alineamiento de diarios, canales de televisión y emisoras de radio oficialistas a favor del mantenimiento de la ley hoy derogada. El espacio dedicado a entrevistas a partidarios del NO fue notoriamente mayor que el brindado a personalidades favorables al SI. Y en lo que a propaganda contratada se refiere, los spots publicitarios instando al voto celeste duplicaron a los que promovían el voto rosado. Pero esta vez la superioridad numérica de presencia oficialista en los medios se revirtió por la presencia del soberano en las urnas. Casi puede decirse que el resultado del domingo fue inversamente proporcional al espacio de que dispusieron unos y otros en la pantalla.

Y por último, un dato por demás relevante a tener en cuenta: el relativamente alto porcentaje de votos anulados, que superó el cuatro por ciento de los votos emitidos y duplicó el porcentaje de votos en blanco. Téngase en cuenta que, habitualmente, los votos anulados representan un porcentaje mínimo del total, pues por regla general quien decide manifestar su rechazo al sistema lo hace colocando en la urna un sobre vacío. Pero como en este caso el voto en blanco implicaba el apoyo al mantenimiento de la ley, quienes no quisieron respaldar la norma pero a la vez tampoco quisieron, por alguna razón, sumarse al voto por SI, optaron por votar nulo, marcando así su disconformidad con todo el sistema político en general aunque fueran conscientes de que ese pronunciamiento restaba posibilidades a la opción por NO.

Como se advierte, el del domingo ha sido un pronunciamiento claro y contundente contra los afanes privatizadores del neoliberalismo pero también contra una dirigencia política tradicional agotada. *

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