La extranjerización de los uruguayos
Mientras más de treinta mil uruguayos han emigrado en el último año, 240.000 hás de suelo fértil del territorio nacional han sido adquiridas por extranjeros. Si la primera cifra nos muestra una de las caras de la crisis, la otra constituye la contracara de la moneda que pone de manifiesto el verdadero alcance y significado del drama que nos agobia.
De un lado, uruguayos que sin posibilidades de ganarse la vida son expulsados del país que los vio nacer; del otro, extranjeros y especuladores que como los cuervos en la carniza compran a precio de remate y se ceban de nuestra incapacidad por defender lo que sólo teóricamente nos pertenece.
Claro que esto no sería posible si no pusiéramos bastante de nuestra parte. Esta tragicomedia de uruguayos desesperados que emigran por un lado y la compra masiva de porciones del territorio nacional por extranjeros por el otro, es una contradicción que pone de manifiesto algo más que la simple permisividad de una ley que convierte el suelo patrio en mercancía, incentiva el acaparamiento innominado de la tierra y antepone el derecho de propiedad particular por encima del interés general y nacional; nos habla de algo más profundo que enfrenta a los que sin distingos de pasaporte, disponen de medios para apropiársela de los que sólo tienen el cuero para defenderla.
Esa es la verdadera contradicción y no la invocada «extranjerización» con la que se pretende asustarnos. La tierra convertida en propiedad de sociedades anónimas, y por ende en objeto de especulación y de lavado de dinero (de uruguayos y extranjeros) en vez de objeto de trabajo y de medio de vida del auténtico trabajador, es la consecuencia natural y el producto lógico de una filosofía económica que promueve una concepción de país cuyos efectos son los que ahora se manifiestan.
La creciente extranjerización del territorio nacional, (posiblemente más del 20%) y la expulsión de los uruguayos, son los efectos extremos de un modelo económico que propende a la concentración extrema de la riqueza y de sus medios de producción, y que al reconocer como «natural» el derecho a la propiedad (individual) de usar, disponer, y apropiarse del suelo por encima de cualquier consideración de nacionalidad, necesidad, utilidad pública, etc. es la que convierte en extranjeros a los propios orientales y les da el primer empujón que terminará con su exilio. Ese es el auténtico peligro y lo que realmente se debería combatir si se le pretende poner remedio. El otro, la extranjerización del suelo, con ser importante, no es lo fundamental, y tampoco nos haría ganar una pizca de soberanía sobre su uso, a la inmensa mayoría de los que no la tienen ni la tuvieron.
Obviamente para quienes se afilian a la tesis de que el derecho de propiedad es el derecho «original», el que nos convierte en verdaderos sujetos de derecho y en hombres libres, es lógico que esta situación a la que nos referimos no los escandalice; al fin y al cabo, la apropiación del territorio por parte de algunos propietarios cualquiera sea su origen, es un hecho secundario y un ejercicio de su «soberanía».
Si como contrapartida hay otros compatriotas que por falta de recursos económicos no tienen ciudadanía ni medios para ejercerla, verdaderos «metecos» dentro y fuera de su patria, desde su punto de vista no pasa de ser un efecto lamentable pero inevitable, que debería poner de manifiesto a los incautos que la «soberanía» que algunos invocan, nada tiene que ver con banderas ni fronteras o que, en todo caso, la única que respetan es aquella que tiene por divisa: «poderoso caballero es don dinero». *
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