Los guardianes de la "matrix"
Todos los tiempos tienen proyecciones imaginarias de sus ansiedades y temores, que se plasman en sus creaciones artísticas. De ahí el éxito de la trilogía «Matrix». La insignificancia del individuo frente al poder omnipotente e impersonal que manipula todos los sentidos, anestesia todas las mentes, uniformiza percepciones y conductas y hace de la humanidad una informe masa proteica y del individuo una ilusión.
El poder de la informática sobre las vidas de las gentes y las desigualdades generadas por el manejo de información vital, ha creado un concepto nuevo de poder político: «el poder del sistema».
La «caída del sistema», en el siglo XXI, ya no es la aspiración de agitadores políticos. Los sistemas se caen, casi a diario, inocentemente, por accidentes generados por «fallos» de los programadores o de los programas, o de la arquitectura de las máquinas que los procesan. Seguramente tienen su origen en la política de compras de las empresas al momento de equiparse, contratar técnicos y programas, etc. Pero «el sistema» es intrínsicamente inimputable, eximido de humanas responsabilidades. Si una empresa es paralizada durante cuarenta y ocho horas por la «caída del sistema», convirtiendo a miles de funcionarios en una informe e inútil agrupación de individuos que no pueden justificar su común existencia, no pasa nada. ¡Es un día de campo gratis! Fenómeno que se repite varias veces por año en los diversos organismos del Estado; en particular son famosas las «caídas del sistema» en el Banco de Seguros o en el Banco de Previsión Social. Nadie computa los miles de horas hombre perdidas por las «huelgas virtuales» de los sistemas informáticos. El sistema curiosamente no contabiliza sus fallos…
Huelgas que no dan lugar a recuperos económicos, ni tampoco generan responsabilidades para nadie. Las «huelgas automáticas» han generado más pérdidas de horas hombre que todas las humanas por motivos gremiales. Estas «huelgas del sistema» no escandalizan a nadie. Lejos de cuestionar al sistema y a los sistemáticos, los fortalece, los hace más meritorios de pagos de horas extra, nuevos contratos de obra, o eventualmente, nuevas licitaciones para re-equipamiento.
Nadie se ha preguntado cuánto se gasta en importar bienes y servicios informáticos que podrían desarrollarse aquí. Sí somos capaces de dominar lo que se importa; y conocer lo que importa de los programas y equipos. Ni cuánto ha contribuido al endeudamiento total del país la sustitución de rutinas administrativas y de puestos de trabajo por máquinas. Y en definitiva, nadie se pregunta si toda esta tecnología forma parte de nuestro desarrollo o aumenta nuestro subdesarrollo y dependencia colonial. Aquí, al momento de comprar lo único que importa es la comisión. ¿Recuerdan el «caso Focoex», que terminó convirtiéndose en el «caso Nicolini»? En España disolvieron Focoex por corrupción; aquí expulsamos del Parlamento al legislador cuestionador… Nuestros vecinos brasileños hace décadas, cuando sus fuerzas armadas compraron submarinos de alta tecnología, se dieron cuenta de que sin desarrollo tecnológico no eran realmente dueños de ellos.
No los podrían manejar soberanamente. De ahí surgió toda una política de Estado tendiente a incentivar el conocimiento y el desarrollo universitario, y la necesidad de la protección de industria nacional que lo sustentara. Hoy, el Brasil es el único país americano que esboza una política cultural nacional.
Pero «we are fantastic»! Para la autonominada «clase política» y su satisfecha corte, estos problemas no existen. No se cuestionan su existencia virtual. Son los guardianes de «la matriz». *
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