El cine y el referéndum por Ancap

Hace aproximadamente un mes, Canal 4 emitió, un domingo y en horario central, la película uruguaya Corazón de fuego. Unos cuantos nos hicimos guiñadas con el ejemplo de esos tres veteranos y un niño que secuestran una locomotora con la consigna de que «el patrimonio no se vende».

Pero, para mí, la cosa no paró por allí. Por esas casualidades de la vida, cayó en mis manos una vieja película dirigida por el maestro David Lean, protagonizada por el inolvidable Alec Guiness. Se trata de El Puente sobre el río Kwait. ¿De qué va la cosa?

Resulta que unos prisioneros de guerra ingleses, que están bajo las órdenes del coronel que encarna Alec Guiness y custodiados por el ejército japonés, en una isla del Pacífico, deben construir –porque así lo determinan las normas que rigen los derechos y deberes de los prisioneros de guerra– un puente sobre el mentado río. Para los japoneses, ese puente tiene importancia estratégica, dado que les abrirá el camino de la vía férrea hacia la India.

Luego de una serie de escaramuzas de competencia, triunfa el militar británico. A partir de allí se aplica a construir el puente con meticulosidad, orgullo, suficiencia y eficacia, contando con su tropa tan presa como él. Y lo construye.

Pero hete aquí que el ejército inglés advierte el peligro de la maniobra ingenieril del ejército japonés y envía un comando para volar el puente.

Alec Guiness, mientras tanto, está loco de la vida, contemplando la sólida construcción que dirigió él mismo. A tal punto, que el día en que circulará el primer tren, se dirige al observatorio junto con el coronel japonés, su carcelero. Estaban en eso, cuando el mismo Guiness detecta el cablerío que conecta las cargas de explosivos sujetos a los pilares del puente con un detonador, que debe accionar uno de los comandos enviados.

Entonces, sin dudarlo, el coronel Guiness alerta a los carceleros para que aborten la maniobra de sus propios compañeros.

La cosa termina en tragedia, dado que mueren todos los comandos y el propio coronel inglés, aunque, antes de morir tiene un chispazo de sentido común y llega a preguntarse: «¿Qué he hecho? ¿Qué he hecho?»

La película tiene el valor de llamarnos la atención respecto de la necesaria subordinación que deben tener nuestras acciones personales al objetivo principal del colectivo nacional que uno integra, por más bella que sea nuestra obra y por más orgullosos que nos sintamos de ella.

Es una buena enseñanza. Prometo asumirla. *

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